“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” Ef. 2:8-9

Cuando alguien no tiene la fe que viene de Dios, podría incluso ver a Cristo siendo crucificado, pero sería completamente ciego al valor de Su muerte. En su lugar, puede llegar a creer que la salvación depende de sus obras, ritos, sacramentos, religión, etc.

En contraste, cuando alguien recibe la fe de Dios, ésta le hace ver que es totalmente indigno, e incapaz de salvarse por sus propios méritos. Además, le hace ver a Cristo obedeciendo uno a uno los mandamientos de la ley de Dios por él. Le hace ver a Cristo cargando todos sus pecados, los que ha cometido y los que cometerá hasta el día de su muerte. Esta persona ve que ninguno de sus pecados queda por fuera de Cristo. También ve a Cristo recibiendo de Dios los horrores eternos del infierno por él. Ve que Cristo bebe hasta la última gota del cáliz de la ira de Dios por él. Ve que cada gota de la sangre derramada por Cristo, verdaderamente le limpia de todo pecado. Ve a Cristo terminando la obra de salvación en su favor, al vencer la muerte resucitando con un cuerpo glorificado.

Por ello, como la mujer pecadora o el bandido en la cruz, humillados pero con confianza, acudamos aprisa a Jesús, derramando sin reservas nuestras almas, sabiendo con certeza que la respuesta de Cristo será: “Tus pecados te son perdonados” “Tu fe te ha salvado, ve en paz”

 

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