Venir a Cristo, Wilcox

Cuando venimos a Dios, no debemos traer nada más que a Cristo con nosotros. Cualquier ingrediente, o cualquier otro requisito previo que sea nuestro, envenenará y corromperá la fe. Foto: (Terry McSorley/flickr)

 

Versión completa en pdf (2 páginas) 

DescargarBoton2

original en inglés en: http://www.chapellibrary.org/files/6813/7643/2905/ctch.pdf

 

Venir a Cristo

Por Thomas Wilcox
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Mateo 11:28

 

Para creer, debe haber una clara convicción de pecado, y los méritos de la sangre de Cristo, y de la disposición de Cristo a salvar sobre la base de esta consideración, simplemente, que eres un pecador.

Cuando venimos a Dios, no debemos traer nada más que a Cristo con nosotros. Cualquier ingrediente, o cualquier otro requisito previo que sea nuestro, envenenará y corromperá la fe.

Creer es lo más maravilloso del mundo. Ponle cualquier cosa que sea tuya, y lo estropeas. Cristo ni siquiera lo verá como creer. Cuando crees y vienes a Cristo, debes dejar atrás tu propia justicia, y traer solamente tu pecado: (Oh, ¡qué difícil!) deja atrás toda tu santidad, santificación, deberes, o de otra forma Cristo no es apto para ti, ni tú para Cristo. Cristo será un Redentor y Mediador puro, y tú debes ser un pecador deshecho, o Cristo y tú nunca estarán de acuerdo.

Por tanto, ve la naturaleza de la fe; es entrar como somos; pobres, lisiados, cojos, ciegos y desnudos como estamos, sin tardar ni esperar por mejores condiciones, las cuales nunca tendremos hasta que vengamos a Cristo por ellas. Lo que sea que entre cuando vengas a Dios por aceptación, además de Cristo, llámalo anti-Cristo; empújalo afuera; haz que solo triunfe la justicia de Cristo. Todo lo demás es Babilonia, que debe caer si Cristo se mantiene, y te regocijarás en el día de su caída, Isaías 14:4. Cristo solo pisó el lagar, y no había nadie con Él, Isaías 63:3. Si unes cualquier cosa a Cristo, Cristo la pisoteará con furia y enojo, y manchará Sus ropas con esa sangre.

Debes tomar todo de la mano de Dios. Cristo es el regalo de Dios, Juan 4:10. La fe es el regalo de Dios, Efesios 2:8. Perdón, un regalo gratuito, Isaías 45:22. Ah, cómo la naturaleza brama, se inquieta, se desespera por esto, que todo sea un regalo y no pueda comprar nada con sus actos, lágrimas y deberes, que todas las obras están excluidas y sin valor alguno en el cielo.

Dices que no puedes creer, que no puedes arrepentirte. Ve a Cristo con toda tu impenitencia e incredulidad, para obtener fe y arrepentimiento de Él; eso es glorioso. Dile a Cristo, “Señor, no he traído ninguna justicia o gracia por las cuales ser aceptado o justificado: He venido por las tuyas, y debo tenerlas”.

Puedes ser llevado tan bajo, incluso al borde del infierno, listo para caer; no puedes ser llevado más abajo del vientre del infierno. Incluso allí puedes mirar hacia el templo santo, Jonás 2:4. En ese templo no pueden entrar sino los purificados, y además con una ofrenda, Hechos 21:26. Pero ahora Cristo es nuestro templo, sacrificio, altar, sumo sacerdote, a quien no deben venir más que pecadores, y sin ninguna ofrenda más que Su propia sangre ofrecida una vez, Hebreos 7:27.

¡Desesperado pecador! Miras a derecha e izquierda, diciendo, “¿Quién nos mostrará bien alguno?” Estas tropezando con todos tus deberes y oficios para remendar una justicia que te salve. Mira a Cristo ahora; mírenlo y sean salvos todos los términos de la tierra. No hay ningún otro. Él es un Salvador, y no hay nadie a su lado, Isaías 45:21-22. Mira en cualquier otra dirección y estás perdido. Dios no verá otra cosa que Cristo, y tú no debes mirar nada más. Cristo es levantado en lo alto, como la serpiente de bronce en el desierto, y los pecadores en los confines de la tierra, a la mayor distancia, pueden verlo y mirar hacia Él. La menor mirada suya te salvará, al menor tacto te dará sanidad.

Dios pretende que le veas, pues Él le ha puesto en un alto trono de gloria, a la vista de todos los pobres pecadores que le desean. Tienes infinitas razones para mirarlo, no hay razón para mirar a otro lado: pues Él es manso y humilde de corazón, Mateo 11:29.

Él es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo,” Juan 1:29. Y Él bebió la copa más amarga y dejó lo dulce; la condenación está afuera. Cristo bebió toda la ira del Padre de una sola vez; y nada más que salvación queda para ti, Lucas 23:33-34.

¡Fíjate que la herida que te ha hecho el pecado sea perfectamente curada por la sangre de Cristo! No cubierta con deberes, humillaciones y ampliaciones. Aplica lo que quieras aparte de la sangre de Cristo, y va a envenenar la llaga. Encontrarás que el pecado nunca fue mortificado realmente, si no has visto a Cristo sangrando por ti sobre la cruz. Nada puede matarlo, solo contemplar la justicia de Cristo.

 

Volver