Boletín noviembre 2019 

…¡Qué astucia la del hombre! ¡Qué insensatez, más bien! Pura rebeldía. Y, Dios, el único Dios, respondió (y responde todavía) confundiendo y castigando a los rebeldes (descontentos). Lo hace porque Él es bueno, y no quiere que sus criaturas vivan bajo el engaño de salvadores que no salvan. (Foto: Nathan Friendly/Flickr)

 

¿Por qué querer a otro?

El descontento con Dios y su voluntad es el pecado en su pura esencia. Tomemos el caso de Israel en los días del profeta y juez Samuel. Llegaba al final de su vida, y según el pueblo, los hijos de Samuel no andaban en los caminos de su padre. Por eso el pueblo no quería que ellos fueran sus jueces. Muy bien, ¿no le parece? Pero, en lugar de dejar que Dios nombrara sucesor, el pueblo mismo decidió que lo mejor era tener un rey según su gusto, uno como los de las naciones vecinas. No hay duda, el pueblo tenía necesidad de quien lo gobernara. El libro de Jueces muestra esto. Pero necesitaban del gobernador que Dios mismo pusiera. Según Jueces, fue Dios mismo quien levantaba los jueves/salvadores/libertadores para salvar a Israel de la esclavitud; esclavitud, a propósito, por causa de su idolatría.


Dios fue quien, según el misterio de su voluntad, puso a Saúl por rey. ¡Qué desastre! Fue el desastre de no estar contentos con el mando de Dios. Según las palabras de Dios explicando el asunto a Samuel, “…porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.” (1 Samuel 8:7).

Después del fracaso que fue Saúl, Dios levantó a David, un hombre según el corazón de Dios, para ser el rey de Israel. Él fue el salvador preciso. “Y David se conducía prudentemente en todos sus asuntos, y Jehová estaba con él.” (1 de Samuel 18:14). La descendencia de David todavía es cabeza del pueblo de Dios. Jesucristo, el Hijo de Dios, el hijo de David, está sentado “a la diestra de la Majestad en las alturas”. “…Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”, Mateo 28:18, dijo Jesucristo.

Esto que hizo el pueblo de Israel me hace recordar del cristianismo, pronto después de los tiempos apostólicos, quería otra forma de gobierno diferente de la que Dios ordenó para el bienestar de su pueblo. No contento con pastores (ancianos) y diáconos, la iglesia puso obispos sobre varias iglesias a la vez, y luego, puso arzobispos, y luego puso los papas. Como si esto no fuera suficiente, por otro lado, no contentos con Dios, empezaron a confiar en los santos, y la virgen, y los sacerdotes. Es decir, la iglesia puso mediadores entre ellos y Dios, como si Dios mismo fuera inaccesible, como si actuara de mala gana en el cuidado de su pueblo. La iglesia misma inventaba salvadores en lugar de Dios. La iglesia romana no fue tan atrevida como para negar totalmente a Dios y la verdad de Dios, pero paralela a Él, y como de mayor importancia que Él, lo puso a un lado, colocando su confianza en otros “salvadores”. La iglesia romana se volvió humanista. ¡Qué astucia la del hombre! ¡Qué insensatez, más bien! Pura rebeldía. Y, Dios, el único Dios, respondió (y responde todavía) confundiendo y castigando a los rebeldes (descontentos). Lo hace porque Él es bueno, y no quiere que sus criaturas vivan bajo el engaño de salvadores que no salvan.

La Reforma del siglo 16 fue básicamente un redescubrimiento de Dios. Mediante un regreso a la Biblia, los reformistas proclamaban que “porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que les juró a tus padres.” (Deuteronomio 4:32). Véase también 2 de Crónicas 30:9; Nehemías 9:17 y 31; los salmos 37, 78, 86; 103, 111, 112, 116, 145; Joel 2:13; Jonás 4:2.

¿Cómo hacemos para borrar nuestro descontento con Dios y con su manera de hacer las cosas? Pues, que leamos la Biblia, toda la Biblia. Pues en la Biblia Dios se presenta en todo lo que es y hace. Vemos allí a Dios, soberano, sabio, bueno y santo. Dios se presenta en la gloria de su ser, la maravilla de sus obras, y la sabiduría de su ley. Claro, en cuanto a todo esto, la Biblia presenta a Dios como más allá de nuestra comprensión. Es precisamente este Dios el que nos hace falta. No entendemos por qué Dios hace lo que hace (o no hace lo que no hace), pero nuevamente es precisamente este Dios sabio y soberano el que nos hace falta. Él gobierna sobre todo según el designio de su voluntad. ¿Quién más sino este Dios puede hacerlo? ¿Y su ley? Es exactamente lo que nos guía a vivir en armonía con Dios y con el prójimo y con el mundo en que vivimos. La Biblia nos lleva a contentarnos – a no ser que, rebeldes, insistamos en que prevalezca nuestro parecer sobre el parecer de Dios.

Y, ¿qué decir en cuanto a la salvación de Dios? La Biblia explica la maravillosa gracia de Dios al proveer el camino de regreso a la sensatez de amar a Dios tal como es y tal como hace y tal como manda. ¡Qué maravilloso es Dios, el Salvador en la persona de Jesucristo! Y Jesucristo es poderoso para salvar para siempre y en todo a todos aquellos que se acercan a Dios por medio de Él. Justificados por su sangre, seremos salvos de la ira, salvos por su vida. Romanos 5:8-11. ¿Cómo es posible que siendo este Dios como es, sin embargo, confiamos en un ser netamente humano? ¡Como si Dios no pudiera o no quisiera salvar a todos los que invoquen su nombre! ¡Qué desplante! Pero, ¡Qué reposo, qué esperanza, qué buena guía conocer la verdad, la que conocemos mediante la Biblia enseñada por Dios mismo, Espíritu Santo! Creer en Cristo es el contentamiento que no avergüenza nunca.

 

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