Toda la verdad 14

¡Cuán difícil es conservar presente en el pensamiento de uno el conjunto de verdades que la Biblia presenta! Somos muy propensos a enfatizar ahora una verdad, ahora otra, sin enfatizar, sin embargo, cada una en sus justas proporciones e implicaciones, interpretada y entendida cada una a la luz de las demás. (Foto: Missional Volunteer/Flickr)

Una mirada a la carta de Pablo a los Gálatas ofrece un ejercicio sobre la integridad en este aspecto.

Pablo sabía de una tendencia peligrosa en las iglesias de la provincia de Galacia. Al predicar el evangelio en varias ciudades, predicó el evangelio tal como lo había recibido por revelación directamente de Jesucristo, 1:11-12. No había otro. Los gálatas lo recibieron con gozo y satisfacción. Tan agradecidos eran que, como Pablo escribió, “Pero saben que fue por causa de una enfermedad física que les prediqué (anuncié) el evangelio la primera vez. Y lo que para ustedes fue una prueba en mi condición física, que no despreciaron ni rechazaron, sino que me recibieron como un ángel de Dios, como a Cristo Jesús mismo. ¿Dónde está, pues, aquel sentido de bendición que tuvieron? Pues testigo soy en favor de ustedes de que de ser posible, se hubieran sacado los ojos y me los hubieran dado”. Gálatas 4:13-15

Pero, pronto, luego de muy poco tiempo, 1:6, después de salir Pablo de entre ellos, se levantaron o llegaron algunos maestros con un mensaje diferente del que Pablo predicó, 1:7. En resumen, Pablo predicó lo de Gálatas 2:16, es decir, la salvación por la gracia de Dios mediante Jesucristo y su obra en la cruz, este mensaje recibido por fe solamente, por fe sin las obras de la ley. En cambio, los otros, como error gravísimo, 5:10-12, decían que además de la fe en Jesucristo, era necesario recibir el rito de la circuncisión, 6:12, tal como Dios lo planteó para Abraham y sus descendientes. Estos maestros no predicaban el evangelio, pues, sino otro evangelio que no era evangelio en verdad, 1:6-9. Lea estos versículos con mucha atención para captar la intensidad con que Pablo recrimina a quienes enseñaban semejante desatino. Tan claro había sido el mensaje de Pablo anunciado a los gálatas, y tan entusiasta la recepción suya del mensaje, que Pablo se ve desconcertado y aturdido por el cambio en ellos. Lea otra vez el texto 4:13-15, Además, fíjese en las siguientes exclamaciones suyas:

“Me maravillo de que tan pronto ustedes hayan abandonado (desertado) a Aquél que los llamó por la gracia de Cristo (el Mesías), para seguir un evangelio diferente…” 1:6

“¡Oh, Gálatas insensatos! ¿Quién los ha fascinado a ustedes, ante cuyos ojos Jesucristo fue presentado públicamente como crucificado?” 3:1

“Pero ahora que conocen a Dios, o más bien, que son conocidos por Dios, ¿cómo es que se vuelven otra vez a las cosas débiles, inútiles (sin valor) y elementales, a las cuales desean volver a estar esclavizados de nuevo?” 4:9

“Decidme, los que queréis estar bajo la ley, ¿no habéis oído la ley?” 4:21

“Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud”. 5:1

“De Cristo se han separado, ustedes que procuran ser justificados por la ley; de la gracia han caído”. 5:4

“Ustedes corrían bien, ¿quién les impidió obedecer a la verdad? Esta persuasión no vino de Aquél que los llama. Un poco de levadura fermenta toda la masa”. 5:7-9

Toda la carta a los Gálatas es una defensa de la doctrina de Pablo (es decir, de Dios) del evangelio de la gracia, la justicia de Cristo recibida como don por la sola fe sin las obras. Pablo da argumento tras argumento, como buen defensor legal de la verdad de Cristo.

Tanto es así que fácilmente, sintiendo uno la intensidad concentrada de Pablo en esta defensa, se pregunta: ¿Será, pues, que no hay obras ningunas en que el cristiano debe ocuparse?

La respuesta de Pablo se encuentra dentro de la misma carta. Capítulo 5:13-14 lo resumen en estas palabras:

“Ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; sólo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros. Porque toda la Ley en una palabra se cumple en el precepto: “Amarás a tu prójimo como a tí mismo.” ¿Libres de la ley? Sí, señor, 5:18. Pero, ¿libres de la ley? No, señor, 5:14. El deber de guardar la ley sigue, resumida en el segundo de los dos grandes mandamientos: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Lea 5:16-6:10. ¡Deberes! Uno tras otro los presenta Pablo. ¿Cómo podría ser de otra manera, pues Cristo mereció a favor de su pueblo el don del Espíritu? Todo aquel que cree en Cristo para ser justificado gratuitamente en su sangre, al unirse con Cristo por la fe, se hace partícipe del Espíritu de Cristo. Recibe el Espíritu por el oír con fe, 3:2. El fruto del Espíritu es detallado en 5:21 y siguientes. Todo creyente en Cristo, movido por el Espíritu, resulta haciendo buenas obras, guardando la ley. “No nos cansemos, pues, de hacer bien… según tengamos oportunidad;… hagamos bien a todos”…, 6:9-10

La conclusión a que la Palabra de Dios nos lleva es que somos libres de la ley, pero a la vez obligados por la ley. Tenemos que recibir toda la verdad, las verdades en su conjunto y con una relación correcta entre ellas. Pablo insiste en que estamos libres de la ley en cuanto a poder, como pecadores, justificarnos ante Dios, pero estamos sujetos a la ley en cuanto a vivir, ya justificados, para la gloria de Dios y el bien del prójimo en la vida nueva que Cristo nos da. Para esto fuimos hechos. Para esto murió Cristo. En nada y en ningún momento confiamos en nuestras obras como aporte al perdón de nuestros pecados. Pero, obramos buenas obras con deleite según la ley de Dios en amorosa adoración al Cristo que nos rescató de nuestros pecados con su sangre. Ambas cosas: fe y obras. Pero fe y obras, las obras no como razón del perdón, no como méritos que obtienen aceptación ante Dios, sino como fruto de la fe. La fe es el único medio por el cual recibir gratis la suficiente obra redentora de Cristo. Las obras son la expresión de nuestra parte en el programa de Dios para armonía, hermosura, y justicia en su mundo. Pero, aun las buenas obras que hacemos como creyentes dependen de Cristo Mediador para ser en verdad aceptables ante Dios. Hebreos 13:20,21

Exigir obras, aunque fuera una, para justificarnos es confiar en “otro evangelio, que no es evangelio”. Es desligarnos de Cristo.

Toda la verdad, pues. A través de los siglos, comenzando con las iglesias de Galacia en los tiempos de los apóstoles, siempre ha habido, ahora por un lado la confianza en las obras para justificación, ahora, por el otro lado, la ausencia, la negligencia en cuanto a hacer las buenas obras.

 

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