Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser aprobados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” Mt. 6:1-4

Esta es la historia de un hombre que fue a vivir en un pueblito con sus sobrinos, por un tiempo. Él procuraba hacer las cosas bien, pero ellos respondían con desprecio, y el tío sufría por ello. Una vez hizo un almuerzo, y uno de ellos le dijo “tío, esta sopa está muy fea”. ¿Cuáles serían las razones del desprecio? El tío buscaba hacer todo para que sus sobrinos lo elogiaran. Por ejemplo, cuando sabía que estaban cerca, se esforzaba para que lo vieran trabajando y dijeran: “cómo es de bueno nuestro tío, cuánto nos ama” Sí, hacía todo para ser visto de los hombres.

Finalmente salió de la casa de sus sobrinos, pero no dejó de visitarlos, así no viera mayor cambio en ellos. Cierto día llegó y ellos no estaban. Al entrar, vio que en el solar la rama del árbol que sostenía la cuerda donde se extendía la ropa para secar se había quebrado. Pensó: “arreglaré la cuerda”. Pero en ese momento su carne reaccionó: “no, esperaré para cuando lleguen. Así cuando me vean trabajando dirán que soy un tío bueno” Pero esta vez fue diferente, recordó que no debía hacer las cosas para ser visto de los hombres, que todo lo debía hacer para agradar a Dios. Su carne le seguía tentando: “no debería ser tan tonto, quien va a saber que yo arreglé la cuerda” y aunque su carne luchaba incesantemente para evitar que hiciera la obra en secreto, para gloria de Dios, finalmente hizo lo correcto.

Cuando se fue, su carne no desistía de tentarlo: “cuando los encuentre les diré que fui yo...” Con mucha tristeza, implorando a Dios le suplicó que no permitiera eso, y desvió su camino para evitar encontrarse con ellos. Por la gracia de Dios venció y olvidó el asunto.

Otro día, cuando volvió a visitar a sus sobrinos, ellos tuvieron una reacción muy diferente “Tiooo, ¿cuánto hace que no nos visita?” Se notaba en ellos una alegría genuina. Esto sorprendió al tío, y se preguntó: “¿qué pasó?” Después recordó lo de la cuerda. Y dijo para sí: “fue algo tan sin valor, pero lo hice para Dios, ahora veo cómo Él honra al que le honra” y en silencio, agradecido, alabó a su Señor.

El sufrimiento de muchos por el desprecio, no se debe necesariamente a que no se haga algo que pueda beneficiar a otros, se debe a que lo queremos hacer para buscar agradar a los hombres y no a Dios, se debe a que lo hacemos para buscar algún interés carnal y no para glorificar a Dios.

Solo si estamos en Cristo, aunque con luchas, podremos hacer las cosas para agradar a Dios; separados de Él, siempre saldremos derrotados por la carne.

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