3 Mientras callé, se envejecieron mis huesos
  En mi gemir todo el día.
4 Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
  Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah
5 Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.
  Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová;
  Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah
Salmo 32:3-5

 

Un hijo de Dios es la persona que ha sido amada por Dios, con amor eterno. Como resultado, Cristo le sirve de sustituido al momento de ver si cumple con todas las exigencias de un Dios tres veces santo. Además, su llamado se hace visible en algún momento de su vida, mediante el nuevo nacimiento, resultado de la acción del Espíritu Santo en la persona. Sin embargo, el hijo de Dios puede caer en tentación, por dejar de velar y orar. Así como le pasó a David, en el caso de Betsabé, como bien lo relata 2 S. 11.

Dios agrava Su mano sobre el hijo que ama y ha caído, y aunque le puede hacer probar la hiel del pecado, no lo deja caído para siempre. Él es fiel (2 Ti. 2:13), y produce en sus hijos el deseo y el hecho mismo del arrepentimiento. Dios hace que Su hijo humillado derrame su alma delante de Él. Hace que confiese sin reserva sus pecados, y de esta manera que descargue toda la culpa del pecado que le asedia (2 S. 12:1-13, Sal. 51). Luego lo perdona y lo limpia de las obras muertas, con la sangre de Cristo, para que con paz pueda volver a servir al Dios vivo. (1 Jn. 1:9; Heb. 9:14)
Que digamos con el salmista:


2 Bendice, alma mía, a Jehová,
  Y no olvides ninguno de sus beneficios.
3 Él es quien perdona todas tus iniquidades,
  El que sana todas tus dolencias;
4 El que rescata del hoyo tu vida,
  El que te corona de favores y misericordias;
5 El que sacia de bien tu boca
  De modo que te rejuvenezcas como el águila.
Salmo 103:2-5

 

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