¿Cuál fue el pecado de Lot?

El pecado de Lot se hizo evidente cuando Abraham le dio para escoger la tierra que quisiera, y Lot no consultó a Dios, sino que se guio por vista; siguió su propia prudencia y le hizo caso a su corazón. (Foto: Jacob Jordaens/Wikipedia)

 

¿Cuál fue el pecado de Lot?

Aunque las personas, especialmente cuando han escuchado la Palabra de Dios, saben que de lo que se siembra se recoge, en la práctica parecen olvidarlo. Cuando vienen los problemas, culpan a otros y hasta a Dios por tratarlos así, y no ven que lo que viven puede ser consecuencia de lo que sembraron. Esto fue lo que le pasó a Lot y por esto vale la pena reflexionar sobre algunos aspectos de su vida.

En la segunda carta de Pedro puede leerse que Lot era un hombre justo, y si la Biblia lo llama justo, es porque era nacido de nuevo. Por la presencia del Espíritu Santo tenía la fe que viene de Dios, la fe bíblica; por tanto, creía en el futuro Cordero de Dios, quien cargaría sus pecados y moriría por él. Esta es la razón por la cual sufría al ver la conducta malvada de los habitantes de Sodoma. (2 P. 2:7-8)

El hecho de haber nacido de nuevo, de tener su confianza en el Mesías, no quería decir que por ello actuara siempre perfectamente. Como todo cristiano, tenía su vieja naturaleza, y experimentaba la lucha entre la carne y el Espíritu. Debía utilizar la armadura de Dios y velar y orar para no entrar en tentación. (1 Jn. 1:8; Gal. 5:16-17; Ef. 6:10-18; Mt. 26:41)

El pecado de Lot se hizo evidente cuando su tío (Abraham) le dio para escoger la tierra que quisiera, y Lot no consultó a Dios, y se guio por vista y no por fe; siguió su propia prudencia y le hizo caso a su corazón; escogió lo que a su boca le sabía dulce, pero luego al pasarlo lo sentiría amargo, como el ajenjo. Su viejo hombre se levantó con toda su fuerza y lo atacó con una de sus muchas armas letales: la codicia. Esa codicia lo encegueció: no le importó su tío, y escogió el camino que le parecía derecho, pero que al final fue un camino de muerte. Él, como nosotros, debía saber que el amor al dinero es raíz de todos los males, pero su deseo era tan fuerte que seguramente ni pensó en las consecuencias, como siempre ocurre cuando hacemos lo errado. (Gn. 13:1-11; Pr. 28:26; Jer. 17:9; Pr. 14:12; 1 Ti. 6:8-10)

Como siempre, aun para el mejor cristiano, no es fácil reconocer el pecado, pero sí justificarlo. La justificación carnal es una forma hipócrita de querer hacer ver lo malo como bueno y lo bueno como malo. Seguramente, para tapar su codicia, Lot pensaría: “como papá, esposo y patrón debo buscar lo mejor para ellos.” Solo que ‘lo mejor’ para la codicia puede ser lo material o tal vez lo intelectual, pero de ninguna manera es lo espiritual, antes por el contrario, la codicia conduce a la persona y a los que lo rodean a la ruina en esta área. (Is. 5:20; Mt. 6:24)

Lo triste de caer en la tentación de la codicia es que la persona no se conforma con lo que recibe, sino que siempre quiere más. Aunque la conciencia le avisa y no le deja tener paz, sus pasos avanzan a lo que la persona considera que le genera bienestar y felicidad, piensa que todo saldrá bien. Las ciudades de Sodoma y Gomorra gozaban de un bienestar económico único. Podríamos decir que el sueño de muchos era poder llegar a estas ciudades y disfrutar de su progreso. (Gn. 13:12-13; Ez. 16:49; Sal. 32:9)

Lo que la codicia no le dijo a Lot es que podría tener problemas, los cuales hubiese podido haber evitado. Fue secuestrado por una confederación de reinos, solo que por la misericordia de Dios, Abraham lo liberó. Pero ni aun después de haber sufrido tamaño infortunio recapacitó, ni dijo: “Señor, gracias por haber usado a mi tío para libertarme de este secuestro. Entendí que quieres que yo me aparte de este lugar de perdición.” ¡Nada! Antes, siguió viviendo en el mismo sitio. (Gn. 14:1-16)

Lot también sufrió ataques espirituales, y es que para alguien que ha sido limpiado de sus impurezas, que ha recibido un corazón nuevo y un espíritu nuevo, le es en extremo duro ver la conducta perversa de la sociedad donde vive, y lo peor, estar sin autoridad moral para hablar. Él no solo sufría por la mala conducta, sino por el desprecio de esa gente perversa. (2 P. 2:7-8; Gn. 19:1-9)

Lot perdió sus posesiones. Llegó rico a Sodoma y sin duda aumentó sus riquezas allí, pero salió solo con lo que tenía puesto. (Gn. 19:15-16) Además perdió a su esposa, quien habituada a la codicia desobedeció las órdenes de los ángeles de no mirar hacia atrás, y al hacerlo se convirtió en una estatua de sal. La acción de esa mujer es una figura de aquellos que quieren escapar del juicio, pero al mismo tiempo no se quieren desprender del mundo. (Gn. 19:17, 26; Lc. 17:32)

Sodoma fue una fuente de perversidad para las hijas de Lot. Con un corazón desprendido de todo pudor; embriagaron a su padre y se acostaron con él para obtener descendencia. A Lot le tocó ver por el resto de sus días, sin duda con grandes cargos de conciencia, a sus hijos quienes a su vez eran sus nietos, hombres que al formar naciones se convirtieron en enemigos del pueblo de Dios. Los moabitas y los amonitas. (Gn. 19:30-38)

Después de ver tantas infelicidades en la vida de Lot, ¿no podemos decir con toda certeza que raíz de todos los males, de toda destrucción, es el amor al dinero? ¿La historia nos ayuda a tener temor de Dios en la toma de decisiones?

 

Ahora veamos el contraste con Abraham

De la historia de Lot aprendimos que todo proyecto gobernado por la codicia, aunque en apariencia traiga beneficios, en realidad lleva a la miseria y a la destrucción, y no solo nuestra sino de los que nos rodean. Abraham también recibió su propio proyecto de vida para él y para su descendencia, veamos cuál fue su forma de aplicarlo y el resultado obtenido.

Desde su conversión, en Ur de los caldeos, Abraham fue lleno de la fe de Dios, tanto que hoy es conocido como el padre de la fe. Sus acciones, con algunas excepciones, mostraron que creía y obedecía a la voz divina antes que a la de los hombres o a la de su propio corazón. No entendía todas las veces las órdenes de Dios, pero por la fe que viene por oír la Palabra de Dios, sabía que el que estaba prometiendo y dando las órdenes no era hombre para que mintiera ni hijo de hombre para que se arrepintiera. (Gal. 3:7; Gn. 12:1-8; 15:5-6; Ro. 10:17; Heb. 11:1; Nm. 23:19)

Sin embargo, a pesar de ser el padre de la fe, por lo menos en dos momentos de crisis Abraham se guio por su propia prudencia y le ordenó a su esposa que mintiera. Aunque Dios, por su promesa lo guardó, el resultado fue humillante, pues nadie esperaría de una persona de tamaña dignidad llegara a tal punto. (Ecl. 10:1; Gn. 12:10-20; 20:1-18)

Algunas de las acciones que demostraban que Abraham dependía de Dios son las siguientes:
- Obedeció, saliendo del oriente hacia una tierra desconocida para él. (Heb. 11:8)
- Confió en Dios, enfrentó ejércitos y dio el diezmo a Melquisedec, un tipo de Cristo. (Gn. 14:13-20)
- Creyó que Dios le daría una descendencia, aunque las circunstancias decían lo contrario. (Gn. 15:5-6)
- Obedeció la orden de circuncisión (señal del pacto), no solo en él sino en todos los varones que estaban con él. (Gn. 17)
- Practicó la verdadera hospitalidad. (Gn. 18:1-8; Heb. 13:1-2)
- Instruyó a su familia en los caminos del Señor. (Gn. 18:19)
- Intercedió por los justos. (Gn. 18:23-33)

Otro aspecto importante en la vida de Abraham se encuentra en Gn. 22. En este momento Dios ya le había dado el hijo que le había prometido, el heredero de las promesas dichas por Dios al salir del oriente. Y cuando todo parecía tranquilo, Dios le dio una orden que parecía la destrucción de todo cuanto le había prometido. Le dijo que le sacrificara a su hijo Isaac. En realidad, Dios tiene todo el derecho a pedirnos lo que nos ha dado para que lo cuidemos, pero como seres humanos, necesitamos la gracia de Dios para poderlo hacer, de otra manera fracasaremos en la obediencia. Noten que dicha orden se sale del sentido común, para Abraham debió ser como un maremoto en su cerebro. ¿Qué lógica podía tener tal orden? ¿No le había prometido un hijo, el cual esperó por décadas, y ahora no solo se lo quitaba, sino que le ordena a él mismo matarlo? ¿Y qué de la promesa de la venida de que en el serían benditas todas las familias de la tierra, es decir, que de él descendería el Mesías? ¿No parecía que con esto estaba fracasando el plan de salvación de Dios para la humanidad? Cuando solo analizamos las ordenes de Dios con la mera inteligencia, terminamos pensando que el mensaje de Dios es una locura; es por ello que el hombre sin fe termina haciendo lo que sus sentidos le dicen, y por tanto fracasa. (1 Co. 1:18)

Si fuese mi caso, pensaría que en cualquier momento Dios no me dejaría llegar a ese extremo, pero Abraham no pensó de esa manera. Él creía que ciertamente le tocaría sacrificar a su hijo en el altar. Lo que lo condujo a obedecer fue la misma promesa. Dios no dejaría de cumplir lo que había prometido, pero cómo si su hijo moriría. Abraham creía que Dios tenía todo el poder para resucitar a Isaac, y con esa convicción partió, llegó, y ató a Isaac sobre el altar y sin titubeos, aunque sin duda con profundo dolor, se dispuso a sacrificarlo en el monte Moria. Él no esperaba que Dios le dijera: “basta”. (Hb. 11:17-19)

Sabemos que finalmente Dios no dejó que Abraham sacrificara a su hijo, mas bien dispuso un carnero, figura de Cristo, para que muriera en su lugar. Tal obediencia a la fe le fue galardonada con la reconfirmación de las promesas, especialmente la del Mesías. (Gn. 22:18; Hch. 3:25; Gal. 3:16)

Lo que parecía ser para destrucción fue para construcción. Las órdenes dadas por Dios a Abraham, la obediencia del patriarca y el resultado nos deja la grata lección de que hacer la voluntad de Dios, aunque a los ojos de los hombres parezca absurda y destructible, en realidad es la manera correcta de construir.

Si eres padre de familia, ¿cómo cuál de los dos padres estas guiando a tu hogar? ¿Como Lot o como Abraham?
Si estás dirigiendo a tu hogar conforme a tu prudencia y no conforme a la Biblia, ¿eres consciente de que todo va a terminar mal?

Tratar de construir nuestra vida y la de los nuestros con nuestro corazón, termina en destrucción. Construir con la Palabra de Dios, aunque no parezca benéfico, termina en bienestar.

 

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