A quién no temer y a quién sí temer

El desconocimiento de lo que va a pasar, hasta en el futuro más inmediato, nos causa temor, de manera natural, entre otras, porque en cualquier momento podemos morir. Puede haber un terremoto, o desatarse una tormenta, o cualquier cosa puede pasar y nos puede afectar, Mt. 24:7b. (Foto: Matt Deavenport/Flickr)


Para completar, tenemos un corazón en el que mora toda clase de maldad, el cual de manera continua es usado para dañarnos o dañar a otros, Jer. 17:9; Mr. 7:21-23; y por si eso fuera poco, la Biblia narra acerca de seres espirituales maléficos, dispuestos por entero a destruirnos, Jn. 10:10a; 1 P. 5:8. Humanamente hablando podríamos decir que sí que hay razones para tener miedo. Veamos ahora a quiénes no hay que temer y luego a quién sí hay temer.

No debemos tener miedo al Enemigo de nuestra alma. Sin duda Satanás y sus demonios buscan matar, hurtar y destruir, y por sobre todo quieren que les tengamos miedo, porque así controlan al hombre y lo conducen a hacer cosas que supuestamente lo protegen de sus influencias maléficas. Las personas esclavas de Satanás son conducidas a prácticas ocultistas, aplicadas por brujos, hechiceros y hasta por religiones con apariencia de cristiandad. Como parte de esas prácticas se utilizan rezos, baños con sustancias “protectoras”, amuletos, talismanes, crucifijos, imágenes “sagradas”, se aplican aceites “ungidos”, aguas “benditas”, entre otros. Así, el hombre es llevado a creer que está siendo blindado contra los ataques del Enemigo, cuando la realidad no puede ser más contraria.

La Biblia es la única Palabra de Dios para nuestros días, y esta dice que la única forma de evitar que el Enemigo nos toque es que Dios nos haga nacer de nuevo. Cuando Dios nos hace nacer de nuevo, uniéndonos a Jesús, somos sellados con el Espíritu Santo y somos dotados de una armadura divina con la cual nos defendemos de las asechanzas del Enemigo, quien está buscando a quien devorar, 1 Jn. 5:18; Ef. 1:13; 6:10-18; 1 P. 5:7

Tampoco debemos tener miedo del hombre. Si bien es cierto que por la condición espiritual en la que llegamos, potencialmente podemos hacer mucho daño a otro, o viceversa (Ro. 3:10-18), Dios dice que no debemos temer a lo que nos pueda hacer el hombre, Hb. 13:6. El miedo a los hombres, al igual que el miedo al Enemigo, nos lleva a hacer lo que nuestro corazón malvado dice. Observemos algunos casos de miedo a los hombres y su resultado.

• Ante el informe amañado sobre la tierra prometida que dieron 10 de los 12 espías, el pueblo de Israel se llenó de miedo; desconfiaron de Dios y se propusieron volver a Egipto. Tal acción les costó estar vagando 40 años en el desierto, tiempo en el cual Dios hizo morir a todos los que eran mayores de 20 años, excepto a Caleb y a Josué, quienes sí confiaron en Dios, Nm. 13 y 14.

• Cuando Saul fue enviado por Dios a destruir a los amalecitas, dejó vivo al rey y a muchos animales. Aunque primero dijo que era para sacrificar esos animales a Dios, más adelante reconoció que lo hizo por miedo a su ejército. Esto causó que fuera desechado como rey, y se quedó sin el apoyo del Espíritu Santo, además de lo cual fue poseído y atormentado por un espíritu malo de parte del Señor, 1 S. 15-16.

• Quienes eran gobernantes cuando Jesús murió en la cruz, reconocieron que Él era el Cristo, y entendieron que los judíos lo entregaron por envidia; sin embargo, por temor al sistema religioso de la época, prefirieron agradar a los hombres antes que a Dios. Esto les costó su propia condenación, Jn. 12:42-43; Mt. 27:18; Jn. 19:12-16; Mt. 10:33.

Ser dominado por el miedo al hombre siempre nos conduce a actuar de manera contraria a lo que Dios dice en la Biblia. “El temor del hombre pondrá lazo; mas el que confía en Jehová será exaltado”, Pr. 29:25.
A quién sí hay que temer es ¡A Dios! “A Jehová de los ejércitos, a Él santificad; sea Él vuestro temor, Él sea vuestro miedo”, Is. 8:13

Muchos refutan: “¿Por qué debemos tener miedo de Dios si Él es amor, si además también es misericordioso y bondadoso? Con un Dios así cómo tenerle miedo”, pero veamos:

• Es verdad que el Dios de las Escrituras es amor, lento para la ira y grande en misericordia, pero Él también es santo y justo, y por tanto no tiene por inocente al malvado, Éx. 34:6-7.

• Él decretó que cada pecado, por insignificante que parezca a nuestros ojos, se tiene que pagar con la condenación eterna, Ro. 6:23a; Ap. 21:8.

• Para que sus escogidos pudiesen disfrutar de su amor fue necesario que Él primero derramara toda su furia, su ira santa, su odio eterno sobre su Hijo amado, quién en la cruz estaba cargando todos los pecados de los escogidos, 2 Co. 5:21; Is. 53.

• Horrenda cosa es caer en sus manos, porque Él es fuego consumidor, Hb. 10:31; 13:29.

• Él es el único que puede enviar tanto el alma como el cuerpo al infierno, Mt. 10:28.

• Ciertamente Él se venga de sus enemigos y cuando lo hace no necesita hacerlo dos veces, Nah. 1:2-9.

• Para los traidores, como Judas, les sería mejor no haber nacido, Mt. 26:24.

Algunos casos históricos que nos indican que es necesario tener temor y miedo de Dios son los siguientes:

• El juicio de Dios enviado a toda la humanidad en los días de Noé. Solo Noé y su familia se libraron del diluvio, Gn. 6-7.

• La destrucción de Sodoma y Gomorra con fuego y azufre. Solo Lot y sus hijas quedaron vivos, Gn. 19.

• La muerte de todos los primogénitos en Egipto. Solo se salvaron los que creyeron en Dios, y lo mostraron sacrificando un cordero y colocando su sangre en el borde de las puertas, Éx. 12.

• La muerte de Faraón y de su ejército en el mar Rojo, Éx. 14.

• La muerte de todos los mayores de 20 años que salieron de Egipto por desconfiar de Dios y temer más a los hombres, Nm. 13-14.

• La muerte con fuego de dos de los hijos de Aarón, por ofrecer fuego extraño, Lv. 10.

• La muerte de Coré y sus amigos, al ser tragados por la tierra, por rebelarse ante la autoridad establecida por Dios, Nm. 16.

• El castigo a Moisés y Aarón no permitiéndoseles entrar a la tierra prometida, porque en un momento de ira hizo que ellos desobedecieran a Dios, Nm. 20.

• La invasión de serpientes en el campamento de Israel por murmurar contra Dios, Nm. 21.

• La depresión y violencia que experimentó David por el adulterio cometido con Betsabé, 2 S. 11-18; Sal. 32.

• La muerte entre sí de los enemigos del pueblo de Dios, 2 Cr. 20.

• La muerte de Ananías y Safira, miembros de la iglesia de Jerusalén, por mentir al Espíritu Santo, Hch. 5.

La falta de temor a Dios es lo que hace que las personas desprecien la Palabra y la tengan en poco, hace que piensen que pueden creer cualquier cosa, adorar a Dios de cualquier forma, vivir de cualquier manera. Ante eso Dios dice: “...yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. 1 S. 2:30

 

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