En esta fotografía se ve el rostro de una mujer que llora, mientras abraza a otro en señal de consuelo. 

Toda partida de un ser amado es traumática; el vacío que nos deja, los ataques de conciencia por lo que hicimos o por lo que no hicimos, queramos o no, afecta nuestra vida diaria. Al respecto, tengamos presente tres aspectos que pueden ayudarnos en esta situación. (Foto: Stanley Sagov/Flickr)

Primero, sepamos que ningún ser amado es de nuestra propiedad, sino que es de Dios. Nuestro Dios fue el que creó a ese ser amado y por un espacio de tiempo, en su bondad, lo puso a nuestro lado. Él lo trajo a este mundo y Él lo llevó. Veamos el ejemplo de Job, quien es un hombre del que Dios mismo dice: “… no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal…” Job 1:8. Con todo, y siendo muy amado por Dios, luego de escuchar cómo todo cuanto tenía lo había perdido en un abrir y cerrar de ojos, escuchó la siguiente aterradora noticia: “…Tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa de su hermano el primogénito; y un gran viento vino del lado del desierto y azotó las cuatro esquinas de la casa, la cual cayó sobre los jóvenes, y murieron; solamente escapé yo para darte la noticia.” Job 1:18-19. ¿Qué había hecho Job para recibir tamaña pérdida? ¡Nada! Bien podría decir Job a Dios: “De nada me sirve serte fiel. Mira cómo me tratas”, mas Job, sin dejar el profundo dolor en su alma de lado, adora a Dios y dice: “…Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.” Job 1:21

Otro ejemplo es el caso de David, quién se sintió culpable por la enfermedad mortal de uno de sus hijos, y se humilló al máximo delante de Dios queriendo que el Señor le permitiese a ese hijo seguir viviendo, pero Dios finalmente se llevó al bebé. ¿Qué hizo David al escuchar de la muerte de su hijo? Para sorpresa de todos, se levantó de la postración, se lavó, se ungió, cambió de ropas y entró en la casa de Dios y adoró. Después volvió a su casa y comió y bebió, como antes. Ante la inquietud de sus siervos, dijo: “… Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño? Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí.” 2 Sm. 12:22-23

Segundo, tengamos por seguro que Dios puede llenar ese vacío. Él no prohíbe llorar… el lloro es una gracia que procede de Él para aliviar el corazón, Ecl. 7:3. Dios, aunque puede, no borra la cicatriz, pero sí cura la herida para que no nos haga daño, y, ¿para ahí? No, va aún mucho más allá de lo que pensamos y hasta pedimos, Dios llena ese vacío que el ser amado nos dejó. David, dijo: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Con todo, Jehová me recogerá.” Sal. 27:10

Tercero, debe ser claro para nosotros que debemos ser gratos con Dios, y eso es cierto también en esta situación. La partida de un ser amado es muy dolorosa, pero si el amor de Dios reina en nuestro corazón, aun ésta prueba tan grande es para nuestro bien (aunque en el momento no podamos comprender cómo algo así puede ser para nuestro bien), por ello debemos ser gratos a nuestro Señor (Ro. 8:28; Fil. 4:6-9). Un siervo dijo una vez a un padre que había perdido a su hijita: “¿vas a seguir reclamando a Dios porque se llevó a la niña, o vas a agradecerle por el tiempo que te permitió disfrutar con ella?”

Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Ro. 11:36)


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