Como Dios nos compró con la sangre preciosa de Cristo para que vivamos solo para Él, nuestra vida espiritual se vuelve miserable cuando vivimos para nosotros y dejamos de hacerlo exclusivamente para Dios. Nos hacemos daño, hacemos daño a muchos, servimos de piedra de tropiezo, y lo más grave, el nombre del Señor es blasfemado por nuestra culpa. Historias de hombres justos como Lot, David, Josafat, entre otros, son ejemplos para que no codiciemos cosas malas, como ellos, sino que nos abstengamos de los deseos carnales que batallan contra el alma. (1 Co. 6:20; 1 P. 1:13-23; Gn. 13 y 19; 2 S. 11 y 12; 1 R. 22; Sal. 32; 1 P. 2:11)

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