Una de las tantas cosas preciosas del cristianismo es que el Señor nos nivela a todos a la misma posición. A los poderosos (ricos, sabios, importantes) los hace humildes, para que no sufran más el horror de la soberbia, la altivez y de la vanidad; a los que no son nada en este mundo (ni ricos, ni sabios, ni importantes) los hace sabios y ricos en la fe, para que no se hundan en la melancolía, el desespero, la impotencia, la amargura, etc. En el seno de la iglesia de Cristo, por su obra perfecta en favor de ella, toda discriminación por raza, posición económica y social muere, porque ahora es Cristo el todo en todos. (Stg. 1:9-10; 2:5; Ef. 5:25b-27; Gál. 3:26-28; Col. 3:11; Ef. 2:11-22)

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