La respuesta a esta pregunta, como a todas las preguntas importantes para el hombre, está en la Biblia, y para contestarla hay que estudiar lo que ésta dice acerca de la condición del hombre sin Dios. Las Escrituras son muy claras al afirmar que el hombre llega espiritualmente muerto a este mundo, como puede verse en Ef. 2:1. Este mensaje es claro también en el Antiguo Testamento, por ejemplo, en el mensaje dado al profeta Ezequiel mediante la visión del valle de los huesos secos, en Ez. 37. Si el hombre nace espiritualmente muerto, cuánto más puede decirse de sus sentidos espirituales. Estos están completamente inhabilitados, véase Mt. 13:14. El hombre natural tiene un corazón de piedra, que además es perverso y engañoso, no hay ni un poco de bien en él (Ez. 11:19; Jer. 17:9; Mr. 7:21-23), es practicante y esclavo del pecado, así como también lo es del mundo y Satanás (1 Jn. 3:8; Jn. 8:34; 2 Ti. 2:26; Jer. 13:23). El hombre natural no puede, no entiende, ni desea el bien que Dios exige (Jn. 15:5; Ro. 8:5-8; 1 Co. 2:14) Necesita obligatoriamente ser creado de nuevo para poder creer, y esta obra solo la puede hacer Dios. (Jn. 3:3-6; 1 P.1:23; Fil. 2:13)

Si el hombre pudiera hacer algo, entonces la salvación no sería totalmente por gracia, ni totalmente de Dios (Ef. 2:8-9; Is. 43:11; Ro. 9). La Biblia muestra que esa situación hipotética no solo es imposible, sino que al enseñarla se está predicando otro evangelio (Gal. 1:6-10), con las consecuencias negativas que esto trae para quien lo hace.

Aun así, Dios demanda de todas las personas que crean en su hijo. Esto no es porque el hombre tenga la capacidad de obedecer, porque es que ni siquiera puede creer por sí solo. Esto es más bien para hacerle ver al hombre su incapacidad, su dependencia total en la obra de Cristo y el gran amor que Él tiene al darnos vida espiritual. Si el hombre pudiese hacer algo para lograr su salvación, entonces el hombre no estaría muerto, sino apenas herido espiritualmente, pero la Biblia habla de que estamos muertos en nuestros delitos y pecados. La maravilla de la fe, el creer que Cristo es el Señor, se da en la persona como un regalo de Dios, y como respuesta natural del hombre luego de haber recibido la vida nueva. Si aún no cree, ruegue a Dios por esta vida nueva.

Volver