Introducción a la carta del 16 de agosto de 2002

Presentamos una posición bíblica, histórica y práctica cuyo fin es la santidad del pueblo de Dios, una santidad definida por Dios mismo en las Escrituras. No es nuestro propósito formar polémica, sino ofrecer exposición. Después de oír, es para cada cual, mirar qué hace con lo que ha escuchado y determinar si es bíblico o no. (Foto: lilcamboy/Flickr)

 

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Introducción a la carta del 16 de agosto de 2002

Estimado hermano pastor, espero que siga en su ministerio con la confianza y la precaución que nos ofrece el texto de Pablo en 1 Corintos 4:7: Porque, ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido? El texto, digo, ofrece confianza porque nos asegura que todo es de gracia, y de precaución, porque nos advierte el peligro de jactarnos cuando Dios en su bondad nos permite ver frutos por nuestras labores. Que estemos esforzándonos más y más en estas realidades.

Nuevamente lo invito a las reuniones en la Biblioteca Para Pastores. La próxima será el 26 de agosto, comenzando a las 9:30 am. Trataremos estos temas:

1. La esclavitud de la voluntad, citando algo del libro de Martín Lutero del mismo título.

2. La Majestad de Dios y sus implicaciones en la evangelización.

Me permito explicar otra vez cómo son y para qué son estas reuniones. Tienen el fin de presentar un, ahora rara vez escuchado, enfoque bíblico de la doctrina. Presentamos una posición bíblica, histórica y práctica cuyo fin es la santidad del pueblo de Dios, una santidad definida por Dios mismo en las Escrituras. No es nuestro propósito formar polémica, sino ofrecer exposición. Después de oír, es para cada cual, mirar qué hace con lo que ha escuchado y determinar si es bíblico o no. Lo que queremos es que la posición presentada sea entendida, que no haya conceptos equivocados en cuanto a lo que presentamos. Por eso siempre hay oportunidad para preguntas y aclaraciones. Por supuesto todos queremos aprender, y nosotros, los de la Biblioteca, no creemos haber entendido ya todo a la perfección.

Sin embargo, nuestra posición doctrinal tiene profundas raíces en la historia de la doctrina, y damos por ciertas ya las premisas básicas que anunciamos. Como con la doctrina de la Trinidad, la deidad de Cristo, etc., creemos que nuestra posición en sus bases es una confesión ya comprobada. No la presentamos como abierta a modificaciones o sustituciones, aunque, sí, como con la doctrina de la Trinidad, seguimos estudiando cada tema bíblico en la Biblia misma, y reconocemos que, si bien en las bases ya tenemos la verdad, sin embargo, en la formulación de esta, podemos mejorar y lograr una mayor relación de una doctrina con otra para quedarnos de manera más exacta con todo el sistema bíblico de la verdad.

¿Cuáles son las bases a las que ya aludimos tres veces?

1. La condición espiritual totalmente anormal de todos los hombres, condición que implica su incapacidad para todo bien espiritual y su inclinación a todo mal.

2. La intervención divina de Dios según su decreto eterno, manifestando su gracia en la salvación de pecadores escogidos por Él en, y mediante, un Redentor.

3. La obra victoriosa, completa, final, perfecta y eficaz de este Redentor, Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, aplicada luego por el Espíritu Santo a aquellos pecadores que Dios había escogido.

4. La obra eficaz, perfecta y permanente del Espíritu Santo vivificando a los pecadores escogidos por Dios a favor de quienes Cristo obró la redención, de tal manera que estos llegan a creer en Cristo y ser justificados delante de Dios por razón de la justicia suya acreditada, mediante la fe, a la cuenta de ellos.

5. Esta obra salvadora del Dios trino resulta siempre en la conversión y la santificación de todos los escogidos, de tal manera que llegan a ser santos y a andar en santidad según la ley de Dios, creciendo y perseverando en ella hasta el fin, y en el día de la resurrección serán glorificados y presentes con Cristo para siempre.

6. Todo lo anterior señala que toda gloria en todo pertenece únicamente a Dios, el autor y consumador de la fe, siendo Él el único, soberano, absoluto, justo, sabio y bondadoso Dios.

7. En la predicación de estas buenas nuevas cumplimos la comisión que Dios nos ha dado de anunciar sus virtudes, y es esta predicación que Dios bendice para llamar a los escogidos a la gracia en Cristo Jesús.

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