Nada nos separará del amor de Dios

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución,
o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?Romanos 8:35 (Foto: Joe Penna/Flickr)

La costumbre puede llegar a robarnos muchas bendiciones, no porque las bendiciones ya no estén allí, sino porque nuestro propio pecado y enfriamiento espiritual pueden llegar a desconocerlas. El problema de la costumbre está en nuestro propio corazón. Como prueba de lo anterior, tenemos el pasaje citado en Romanos 8:31-39, un pasaje que tal vez muchos podamos recitar de memoria, pero sobre el cual la costumbre pecaminosa puede estarnos encegueciendo, de tal manera que no logremos entender sus gloriosas implicaciones para nosotros hoy en día. Es así como me esforzaré por hacértelas recordar:

Si estás en Cristo, nada puede separarte del amor de Dios, y nada significa nada. Dios te ama tanto que envió a la tierra a su eternamente amado Hijo Jesucristo, para que, adoptando forma de hombre, a su debido tiempo, fuese humillado hasta lo sumo por la humanidad caída, para morir luego en una vil cruz, llevando sobre sí el juicio divino que a ti te correspondía pagar. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros…” ¿Nos dejará luego a la deriva, lejos de Su amor como los que no tienen esperanza? ¿Nos habrá abandonado Dios, luego de habernos salvado por medio de Cristo, a nuestra propia suerte para siempre? ¡De ninguna manera! ¡Y cual si fuera necesario (pues Dios nunca incumple Su Palabra), nos ha dejado su Santo Espíritu como arras de su promesa!

Esto no significa que no sufriremos en esta tierra, pues como consecuencia del pecado debe ser así a lo largo de esta vida terrenal. Lo que sí significa es que en Cristo Jesús somos más que vencedores, incluso en medio de las aflicciones, porque podemos entender que al final de todo, nada (ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada) podrá arrebatarnos la victoria de Cristo por medio de la cual fuimos hechos por fe hijos de Dios y coherederos de la promesa para su eterna gloria.

Ya no hay ninguna condenación para nosotros, porque desde ya podemos tener la plena seguridad de que Cristo se ha sentado en victoria, a la diestra de Dios Padre para siempre, y que desde allí, intercede día y noche, por cada uno de nosotros.

 

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