Foto de un lingote de oro con peso de un kilogramo

para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo,1 Pedro 1:7 (Foto:Michael Mandiberg/Flickr)

Desde Génesis hasta hoy, el oro ha sido un material admirado y codiciado, no solo por su indudable belleza sino también por su valor inherente, convirtiéndose a lo largo de los siglos en un incomparable motor de la historia humana y en un sostén para nuestras economías.

Pero como “no todo lo que brilla es oro”, buscando huir de los fraudes, el hombre se ha ideado muchos métodos para intentar comprobar si una supuesta pieza de oro en verdad lo es, y aun cuando hay varios métodos para hacerlo, solo el proceso de copelación nos permite tener una certeza del 100%. Este proceso consiste en someter la pieza de oro a una temperatura cercana a los 1.000 °C, gracias a esto es posible separar el metal precioso por un lado y la escoria por el otro.

En nuestro versículo de hoy el Señor hace una comparación entre la fe y el oro, dejándonos muy claro que a sus ojos tu fe en Cristo resulta mucho más preciosa que el espléndido oro que perece, y que por tanto, al ser ella probada como en un ardiente crisol incandescente, es posible por un lado, refinar en nosotros toda alabanza, gloria y honra que serán reservadas para el momento cuando Cristo sea manifestado; y por otro lado, apartar de nosotros toda escoria e impureza espiritual.

Así pues, aunque el fuego de la prueba no es un proceso fácil, no significa que sea innecesario o sin propósito- por favor, nunca olvides que toda prueba por la que pases en tu vida ya Cristo la enfrentó por ti- y que de ella salió victorioso a tu favor, por lo que no debes pensar nunca que las pruebas son vistas como un examen que apruebas o repruebas, sino como una providencia de Dios multipropósito que busca conformarte cada día más a la imagen de su Amado Hijo.

Si hoy eres un creyente en Cristo, es porque el Señor te ha dado un regalo mucho más valioso que el oro, un regalo de pura gracia que nadie podrá arrebatarte, un regalo de proporciones eternas que te hizo renacer para una esperanza viva, y para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada para ti en los cielos.

Cuando pase el fulgor intenso de este crisol que es la vida terrenal, brillaremos entonces, mucho más que el finísimo oro probado, perfectamente libres de toda la escoria del pecado, y todo ello para la eterna alabanza, gloria y honra de nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo.

 

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