Escapa por tu vida

Solo hay un paso entre nosotros y la muerte. Arrepiéntete y cree en el Señor Jesucristo y serás salvo. No te arrepientas y no creas, y estarás perdido. Juan 3:36 dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” Foto: (Cliff/Flickr)

 

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original en inglés en: https://www.chapellibrary.org/book/efyl/escape-for-your-life

 

Escapa por tu vida
Joel Beeke


Dios habla. A veces nos susurra a través de la voz suave y apacible del evangelio en tiernos preludios de misericordia por medio de la Palabra predicada. Algunas veces Él habla a través de Su Palabra con poder, advirtiéndonos que nos apartemos de nuestra iniquidad. Y a veces Él truena a través de Sus divinos juicios providenciales de hambruna, guerra, fuego o alguna otra tragedia.

El martes 11 de septiembre de 2001, Dios nos habló en un trueno. Lo hizo porque nosotros como la nación no hemos estado inclinados ante Su Palabra, no hemos estado arrepintiéndonos bajo las lluvias de Su misericordia que han caído sobre nosotros por décadas, y no nos hemos arrepentido bajo los juicios más pequeños que nos ha enviado. Dios envió una llamada de atención justa y terrible a los Estado Unidos de América —sí, a cada uno de nosotros. La sobrecogedora destrucción de vidas en el World Trade Center y el Pentágono y las posteriores historias de horror nos han dejado aturdidos, mudos y humillados.

Algunos heroicamente intentaron salvar a los que estaban en los edificios, y en el proceso, perdieron sus propias vidas. Innumerables historias de hazañas heroicas han sido contadas. Una, poco advertida, contiene mucha instrucción espiritual. Un policía, situado justo afuera de la entrada a los edificios, gritaba a las personas mientras salían,

"No miren arriba; no miren atrás;
¡corran por sus vidas!"

Esas palabras nos recuerdan a Génesis 19:17b, “Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas.”

Examinemos el mensaje del cielo para nosotros en este tiempo de juicio divino considerando el tema, Escapa Por Tu Vida, en tres ideas:

1. Date cuenta de tu peligro —“no sea que perezcas”
2. Abandona todo —“no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura”
3. Corre por tu vida —“escapa por tu vida”


I. Date cuenta de tu peligro

Cuando el grito de “¡Fuego! ¡Fuego!” corría arriba y abajo por los pisos del World Trade Center y llenaba las calles de la ciudad de Nueva York, la gente supo de inmediato que el peligro era inminente. Las llamas son tiranas crueles y devoran sin remordimiento. La misma palabra fuego puede hacer que nos corran escalofríos por la espalda.

Pero esa palabra pronunciada por miles de neoyorquinos el 11 de septiembre es solo una sombra de lo que Jesús llamó “infierno de fuego” en Mateo 5:22. El grito eterno del “infierno de fuego” que ascenderá de millones de labios en el abismo eterno el Día del Juicio, abarca asuntos importantes que solo la eternidad puede revelar. Por más espantosos que hayan sido los eventos de las semanas recientes, son casi un juego de niños en comparación con la ira de Dios que un día será derramada pura sobre todos aquellos que no se arrepienten y creen en el Hijo de Dios. La ira de Dios contra los incrédulos tiene la eternidad y el infinito y la deidad en ella —y donde estos tres se opongan a una persona, ¡ay de esa persona! ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?

Merecemos cosas peores que lo que hemos recibido, porque los Estados Unidos han sido infructuosos espiritualmente. Hemos menospreciado el evangelio de Dios, hemos despreciado la ley de Dios y hemos servido al Señor tibiamente en el mejor de los casos. Hemos descuidado la conversión y la reforma personales. Nos hemos vuelto idólatras, codiciosos, mundanos, sensuales, orgullosos y autocomplacientes, haciéndonos adictos a una gran cantidad de males. Nos hemos convertido en una nación de mentirosos, maldicientes y murmuradores. La sangre de millones de personas por nacer está en nuestras manos. Cada tres días asesinamos a más bebés en los úteros de sus madres en los Estados Unidos que el número de muertos en las tragedias de Nueva York, Washington y Pensilvania combinadas. Hemos llamado a lo malo bueno, y a lo bueno malo.

Y, sin embargo, Dios nos está hablando desde las cenizas del World Trade Center, “Escapa por tu vida, no sea que perezcas.”

Nuestro peligro no puede ser afrontado con ninguna ayuda humana. Los camiones de bomberos fueron a la escena en Nueva York, solo para quemarse en las llamas. Las grúas ahora están recogiendo los camiones de bomberos quemados y arrojándolos a un lado como palillos de dientes. Los mismos medios utilizados para extinguir el fuego fueron consumidos por el fuego.

Ese es tu peligro, mientras no seas salvo. Ningún medio de tu invención puede permitirte escapar del fuego de la ira de Dios. Hay un fuego de pecado dentro de ti que no puedes apagar; hay un fuego del infierno fuera de ti que nunca serás capaz de extinguir. Estás en peligro más allá de tus capacidades, siempre y cuando no escapes por tu vida hacia Jesucristo. Tus esfuerzos más arduos, natural y espiritualmente, no pueden librarte de la ira de un Dios santo que no puede habitar con el pecado y los pecadores. Si dejas de lado la única forma de salvación, ¿cómo puedes escapar?

Oh pecador, busca Su rostro,
Cuya ira no puedes soportar;
Vuela a las heridas del Salvador moribundo,
Y allí la salvación vas a encontrar.

Escapa por tu vida. Date cuenta de tu peligro. No juegues con tu propia alma, con el infierno y el cielo, con Dios y con su acogedor y sangrante Hijo.

Tu peligro requiere atención inmediata. Aquellos que escaparon con éxito del World Trade Center esta semana, no se detuvieron a llenar sus maletines. ¡Escaparon por sus vidas! Corrieron hacia las escaleras. No había un momento que perder. Es igual contigo. No tienes un momento que perder. “Escapa, Lot”, dicen los ángeles, “por tu vida —es ahora o nunca. Unos pocos minutos más, unas pocas horas más, y será demasiado tarde.”

“Escapa por tu vida, no sea que perezcas” es un grito en tiempo presente. “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.” ¡Ahora, ahora, ahora! La fe del mañana es simplemente la incredulidad de hoy. Las buenas intenciones te llevarán al infierno, no al cielo. La falta de resolución no solo roba tiempo; destruye almas. “Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás.”

Solo hay un paso entre nosotros y la muerte. Arrepiéntete y cree en el Señor Jesucristo, pecador trémulo y necesitado, y serás salvo. No te arrepientas y no creas, y estarás perdido. Juan 3:36 dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”


II. Abandona todo

Lot tuvo que abandonar a sus antiguos amigos, que no eran creyentes —incluidos algunos miembros de su familia. Tuvo que abandonar sus antiguas comodidades. Él había ido a Sodoma a vivir una vida cómoda. Sin duda tenía una casa bien amueblada. Pero ahora, tenía que dejar todo atrás.

Para Lot todo estaba en juego. Si se hubiera quedado en Sodoma, habría perdido todo. No solo habría perdido su casa, sus muebles y su familia, sino que se habría perdido a sí mismo.

Lot tuvo que abandonar todo sinceramente. Su esposa escapó, pero no sinceramente. Ella miró atrás y se convirtió en una estatua de sal. “Acuérdate de la mujer de Lot”, advirtió Jesús (Lucas 17:32).

Si no abandonas todo para seguir a Cristo —si tratas de aferrarte a este mundo o permites que tu autoindulgencia o posesiones se interpongan entre tú y Cristo— un día cercano, perderás todo, incluido a ti mismo. ¿De qué te servirá si ganas el mundo entero, pero pierdes tu propia alma? Si no abandonas todo por Cristo, Cristo te abandonará en el gran día, y si tu alma se pierde en ese día, hubiera sido mucho mejor para ti nunca haber nacido. Es muchísimo mejor entrar al cielo como Lázaro que ser el hombre rico arrojado al infierno (Lucas 16: 19-31).

Escapa por tu vida. No mires atrás. No te quedes en las llanuras de este mundo. Abandona a los amigos malvados, la esclavitud materialista, los juguetes mundanos— sí, abandona todo para seguir a Cristo. Toma tus cruces, niégate a ti mismo, y sigue a Cristo.
Escapa por tu vida —tu vida inmortal, tu vida eterna. ¿Estarás contento de perder tu vida; contento de perecer en tu pecado? Si tu casa se incendiara esta noche, y se alzara el grito, “¡Fuego!”; ¿no dejarías todo inmediatamente y saldrías corriendo de tu casa para salvar tu vida? Hoy Dios te advierte que los fuegos del infierno están encendidos y que debes escapar por tu vida.

Querido hijo de Dios, has sabido lo que es esto. Has abandonado todo en el pasado. ¿Todavía estás abandonando todo en el presente? O, ¿eres como Lot, deteniéndote demasiado en este mundo, volviéndote muy cómodo con personas mundanas? ¿Estás nuevamente en peligro de perecer con el mundo?

No lo olvides: si Lot no hubiera escapado, hubiera perecido con los sodomitas. Dios, por supuesto, lo preservó misericordiosamente. Pero eso no significa que Lot no tuvo que abandonar todo y escapar por su vida.


III. Corre por tu vida

“Escapa por tu vida, Lot”, dijeron los ángeles. Lot no debe parar a discutir. Tampoco debes hacerlo tú. No necesitas más evidencia de tu necesidad. Tu conciencia te dice que debes nacer de nuevo, que debes arrepentirte y creer.

Así como Lot debe huir de la ciudad condenada de Sodoma; como la gente tuvo que huir del condenado Trade Center, así debes huir tú de este mundo presente y malvado, esta Ciudad de Destrucción. Corre por tu vida.

Pero, ¿a dónde debo correr? Corre a la montaña. Simbólicamente, eso significa no volver al pecado y a Satanás, pues eso es mirar atrás hacia Sodoma. No descanses en ti ni en el mundo, porque eso es quedarse en la llanura. Pero corre a Cristo y al cielo, porque eso es escapar a la montaña. Confía a Él tu alma, tu todo, por esta vida y una mejor.
Si no confías tu alma a Cristo, ¿en quién puedes confiar? ¿Confiarás en ti mismo?
¿Por qué te demoras? ¿No es Cristo el médico y Su sangre el bálsamo que necesitas? ¿Por qué no estás recuperado (Jeremías 8:22)? Tu conciencia te dice que Dios está más dispuesto a salvarte que tú a ser salvado. Conoces las buenas nuevas de que Cristo vino para salvar a los pecadores. Sabes que el peor de los pecadores es bienvenido a Él. Incluso el ladrón moribundo en la cruz —cuyo historial bien pudo haber competido con los terroristas detrás de toda esta reciente destrucción— encontró misericordia.

“Al que a mí viene, no le echo fuera”, dijo Jesús. Oh, que Dios te ayude a venir ahora, por el amor de Cristo.

Sí, pero ¿cómo puedo venir? Vienes, por la gracia del Espíritu, tal como eres, con todo tu pecado, arrepintiéndote, creyendo, entregando todo en los brazos de Dios, apelando a las promesas de Dios de salvar al perdido. Vienes confiando totalmente en la sangre de Jesucristo para salvar tu alma, abandonando los caminos del pecado. Vienes en respuesta amable a los ofrecimientos y promesas gratuitos del evangelio como un pecador pobre y necesitado, confiando solo en la justicia plena de Jesucristo para tu salvación. Vienes confiando en la obediencia perfecta y activa de Cristo a la ley y en Su obediencia perfecta y pasiva al pagar por el pecado para ser tu satisfacción de la santa justicia de Dios; para ser tu única base de reconciliación con Dios, como Pablo nos dice. Vienes, diciendo con un poeta,

Un gusano herido, débil e indefenso,
A los amables brazos de Cristo me arrojo;
Sé tú mi fortaleza y confianza,
Sé mi Jesús y mi todo.

Oh, te ruego, corre por tu vida; corre directo a Cristo. No corras a ceremonias, sentimientos, ministros, obras, ortodoxias— sino corre directo a Cristo. Cae en sus brazos, los brazos del evangelio, las armas del Salvador quien es el evangelio.

No mires atrás. Corre por tu vida. Reconciliaos con Dios.

 

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