La sangre de Jesús, nuestro único fundamento

Yo no conozco una ilustración más impactante de la salvación solo por la sangre de Jesús que la imagen de la sangre del cordero de pascua rociada sobre las casas de los israelitas la noche de su redención de la esclavitud en Egipto. Foto: (Nancy/Flickr)

 

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original en inglés en: https://chapellibrary.org:8443/pdf/books/bojp.pdf

 

La sangre de Jesús, nuestro único fundamento para tener paz con Dios

Por William Reid

 

   Cuando tú, que estás ansioso por tu alma, escuchas que los cristianos hacen muchas oraciones por el Espíritu Santo, podrías concluir que lo primero que tú también debes hacer es orar por el Espíritu Santo; pero el mismo Jesús te corrige en este asunto cuando Él dice: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29). Si deseas hacer esto ante el trono de la gracia, ve hasta allí sin dudarlo, pero no vayas allí para hacer nada más por el momento. Los creyentes en Jesús oran “en el Espíritu Santo” (Judas 20) para que Él reavive la obra de Dios en ellos mismos y en sus compañeros creyentes —conducir las almas resucitadas a Jesús— y convenza a los pecadores de su maldad e incredulidad; pero como tu único fundamento para la paz, el perdón, la pureza y la gloria se encuentra en el derramamiento de sangre de Jesús, tu ocupación más urgente es mirar al “Cordero de Dios” (Juan 1:29).

   Sin duda, la presencia vivificante del Espíritu Santo es absolutamente esencial para que veas que Jesús salva tu alma, y por supuesto que deberías esperar que Su presencia misericordiosa sea revelada mientras contemplas al Redentor crucificado; pero es contrario a la Escritura buscar la santificación de tu corazón por medio del Espíritu antes que tu justificación personal por medio de Cristo, y también es contrario a la Escritura mezclar ambas cosas, y depender parcialmente de una y parcialmente de la otra; porque Jesús , y solo Jesús, es el objeto sobre el cual tu mirada ansiosa debe descansar para tener paz con Dios y un cambio de corazón. “Cristo es el que murió” (Romanos 8:34); y la función del Espíritu es dirigirte a Aquel que dijo en el Calvario: “Consumado es” (Juan 19:30). En ninguna parte de la Biblia está escrito: La obra del Espíritu Santo de Dios nos limpia de todo pecado; pero está escrito que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Lo que estás llamado a hacer, entonces, lo más esencial que debes hacer, es recibir a Jesús como tu Redentor, para que puedas tener “redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7); porque escrito está: “a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

   No se nos exige que seamos preparados como hijos, y luego vengamos y seamos aceptados por Dios, seamos justificados, y nuestros pecados sean perdonados por medio de JESÚS; sino que recibimos la instrucción de venir a Jesús a fin de que seamos justificados de forma gratuita por Su gracia, y que seamos hechos hijos a través de la unión viva con Él que es el eterno Hijo de Dios. Siendo pecadores somos justificados gratuitamente y al ser así aceptados en el Amado, somo hechos hijos de Dios, y tenemos la naturaleza, la experiencia y el andar de Sus hijos. ¡Pecador que has sido despertado!, empieza en el comienzo del alfabeto de la salvación, mirando a Aquel que fue traspasado en la cruz del Calvario por nuestros pecados—mira al Cordero de Dios, y sigue mirando continuamente a Jesús, y no tus arrepentimientos, determinaciones, reforma, oración, lectura, escucha, o ninguna cosa tuya como si constituyera cualquier razón por la que deberías ser aceptado, perdonado y salvado—y pronto encontrarás paz, y tomarás tu lugar entre aquellos “que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3).

   Yo no conozco una ilustración más impactante de la salvación solo por la sangre de Jesús que la imagen de la sangre del cordero de pascua rociada sobre las casas de los israelitas la noche de su redención de la esclavitud en Egipto. La sangre sobre el dintel aseguró la paz de Israel.

   Nada más se requería para disfrutar la paz, con relación al ángel destructor, que la aplicación de “la sangre rociada”. Dios no agregó nada a la sangre, porque no era necesario nada más para obtener salvación de la espada de juicio. Él no dijo: “Cuando vea la sangre y el pan sin levadura o las hierbas amargas, Yo pasaré de vosotros”. De ninguna manera. Estas cosas tenían su lugar adecuado, y su valor adecuado; pero nunca podían considerarse como el fundamento para la paz en presencia de Dios.

   Es muy necesario ser sencillos y claros en cuanto a qué constituye la obra fundamental para la paz. Tantas cosas se mezclan con la obra de Cristo, que las almas se hunden en la oscuridad y la incertidumbre sobre si son aceptadas. Saben que no hay otra forma de ser salvados aparte de la sangre de Cristo; pero los demonios saben esto, y no les sirve de nada. Lo que necesitamos es saber que somos salvos—absoluta, perfecta y eternamente salvos. No existe tal cosa como estar parcialmente salvo y parcialmente perdido, parcialmente justificado y parcialmente culpable, parcialmente vivo y parcialmente muerto, parcialmente nacido de Dios y parcialmente no. No hay más que dos estados, y debemos estar ya sea en uno o en el otro.

   El israelita no estaba parcialmente protegido por la sangre, y parcialmente expuesto a la espada del destructor. Sabía que estaba a salvo. No lo esperaba. No estaba orando para ser salvado. Estaba perfectamente a salvo. ¿Por qué? Porque Dios había dicho: “veré la sangre y pasaré de vosotros” (Éxodo 12:13). Él simplemente descansaba en el testimonio de Dios sobre la sangre derramada. Él estaba seguro de la verdad de Dios. Creía que lo que decía Dios era en serio, y eso le daba paz. Era capaz de tomar su lugar en la fiesta pascual con confianza, tranquilidad y seguridad, sabiendo que el destructor no podía tocarlo, cuando una víctima sin mancha había muerto en su lugar.

   ¿De haber preguntado a un israelita si disfrutaba de paz, habría dicho él: “Sé que no hay forma de escapar aparte de la sangre del cordero; y sé que es la forma divina y perfecta; y, además, sé que esa sangre ha sido derramada y rociada sobre mi puerta; pero de algún modo, no me siento muy cómodo. No estoy muy seguro de si estoy a salvo. Temo que no valoro la sangre como debería, ni amo al Dios de mis padres como debería”? ¿Acaso habría sido así su respuesta? Ciertamente, no. Sin embargo, cientos de cristianos profesantes hablan así cuando se les pregunta si tienen paz. Ellos ponen sus pensamientos acerca de la sangre en el lugar de la sangre misma, y por ende, como resultado, hacen de la salvación algo que depende tanto de ellos mismos como si debieran ser salvados por obras.

   Ahora bien, el israelita era salvado por la sola sangre, y no por sus pensamientos acerca de esta. Sus pensamientos podían ser profundos o podían ser superficiales; pero, en cualquier caso, no tenían nada que ver con su seguridad. Él no era salvado por sus pensamientos o sentimientos, sino por la sangre. Dios no dijo: “Cuando ustedes vean la sangre, yo pasaré de ustedes”. No; sino que dijo: “Cuando Yo vea la sangre”. Lo que le daba al israelita paz era el hecho de que los ojos de Jehová reposaban sobre la sangre. Esto tranquilizaba su corazón. La sangre estaba afuera y el israelita adentro, así que no le era posible verla; pero Dios la veía, y eso era suficiente.

   La aplicación de esto al asunto de la paz de un pecador es muy sencilla. Cristo, habiendo derramado Su sangre como expiación perfecta por el pecado, la ha llevado a la presencia de Dios y la ha rociado allí; y el testimonio de Dios le asegura al creyente que todo está arreglado a su favor. Todas las demandas de la justicia han sido completamente respondidas, el pecado ha sido eliminado perfectamente, de modo que la ola completa del amor redentor puede descender desde el corazón de Dios, a través del canal que el sacrificio de Cristo ha abierto para ello.

   El Espíritu Santo da testimonio de esta verdad. Él presenta perpetuamente el hecho de que Dios valora la sangre de Cristo. Él dirige la mirada del creyente a la obra de la cruz terminada. Él declara que todo está hecho, que el pecado se ha echado lejos y la justicia se ha traído cerca—tan cerca que es “para todos los que creen” (Romanos 3:22). ¿Qué creen? Creen lo que Dios dice, porque Él lo dice, no porque ellos lo sientan.

   Ahora bien, constantemente somos propensos a buscar algo dentro de nosotros como si fuera necesario para formar el fundamento de la paz. Tendemos a considerar la obra del Espíritu en nosotros en lugar de considerar la obra de Cristo por nosotros, como el fundamento de nuestra paz. Esto es un error. Sabemos que las operaciones del Espíritu Santo tienen su lugar adecuado en el cristianismo; pero Su obra nunca es presentada como aquello de lo cual depende nuestra paz. El Espíritu Santo no hizo la paz; pero sí la hizo Cristo. No se describe al Espíritu Santo como nuestra paz; pero sí a Cristo. Dios no envió a “anunciar paz” por medio del Espíritu Santo, sino “por medio de Jesucristo” (Hechos 10:36; Efesios 2:14, 17; Colosenses 1:20).

   El Espíritu Santo revela a Cristo; Él nos hace conocer, disfrutar y alimentarnos de Cristo. Él da testimonio de Cristo, toma las cosas de Cristo y nos las enseña. Él es el poder de la comunión, el sello, el testigo, las arras, la unción. En pocas palabras, Sus operaciones son esenciales. Sin Él, no podemos ver, oír, conocer, sentir, experimentar, disfrutar o mostrar nada de Cristo. Esto es claro, y es entendido y admitido por todo cristiano genuino y correctamente instruido.

   Sin embargo, con todo esto, la obra del Espíritu no es el fundamento de la paz, si bien Él nos capacita para disfrutar la paz. Él no es nuestro título, aunque Él revela nuestro título, y nos capacita para disfrutarlo. El Espíritu Santo continúa realizando Su obra en el corazón del creyente. Él intercede con gemidos indecibles (Romanos 8:26). Él trabaja para conformarnos más al Señor Jesucristo. Su objetivo es “presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre” (Colosenses 1:28). Él es el autor de todo deseo legítimo, toda aspiración santa, todo afecto puro y saludable, toda experiencia divina; pero Su obra en y con nosotros no será completada hasta que hayamos dejado este escenario presente y tomado nuestro lugar con Cristo en gloria. Es igual que en el caso del siervo de Abraham, su obra no fue completada hasta que le presentó a Rebeca a Isaac.

   No pasa lo mismo con la obra de Cristo por nosotros; esa obra está absoluta y eternamente completa. Él podría decir: “he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4); y, otra vez: “CONSUMADO ES” (Juan 19:30). El Santo Espíritu todavía no puede decir que ha terminado Su obra. Él ha estado trabajando paciente y fielmente por los últimos 1900 años como el Vicario Divino y verdadero de Cristo en la tierra. Él todavía trabaja en medio de las distintas influencias hostiles que rodean la esfera de Sus operaciones. Todavía trabaja en el corazón del pueblo de Dios, para elevarlos, práctica y empíricamente, al estándar señalado por Dios; pero Él nunca le enseña a un alma a apoyarse en Su obra para tener paz en la presencia de la santidad divina. Su trabajo es hablar de Jesús. Él no habla de Sí mismo. “Él”, dice Cristo, “tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:14). Él solo puede presentar la obra de Cristo como la base sólida sobre la cual el alma debe descansar para siempre. Sí, es sobre el fundamento de la perfecta expiación de Cristo que Él hace Su morada y realiza Sus operaciones en el creyente. “Y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13). Ningún poder o energía del Espíritu Santo podría cancelar el pecado; la sangre lo ha hecho. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

   Es de suma importancia diferenciar entre la obra del Espíritu en nosotros y la obra de Cristo por nosotros. Cuando estas dos se confunden, es muy raro encontrar paz permanente en cuanto al asunto del pecado. El tipo de la pascua ilustra la distinción de manera sencilla. La paz del israelita no se basaba en el pan sin levadura o las hierbas amargas, sino en la sangre. Tampoco era, de ningún modo, cuestión de lo que él pensaba acerca de la sangre, sino de lo que Dios pensaba de esta. Esto da un alivio y consuelo inmensos al corazón. Dios ha encontrado un rescate, y Él nos revela ese rescate a los pecadores a fin de que podamos descansar en ello, bajo la autoridad de Su Palabra, y por la gracia de Su Espíritu. Y aunque nuestros pensamientos y sentimientos nunca deben alejarse del valor infinito de ese rescate, aun así, en tanto que Dios nos dice que Su justicia ha sido perfectamente satisfecha en relación con nuestros pecados, nosotros también podemos estar satisfechos. Nuestra conciencia bien puede encontrar descanso permanente donde la santidad de Dios encuentra descanso.

   Amado lector, si aún no has encontrado paz en Jesús, oramos para que consideres esto profundamente. Ve la simplicidad del fundamento sobre el cual debe descansar tu paz. Dios está complacido en la obra terminada de Cristo—“se complació por amor de su justicia” (Isaías 42:21). Esa justicia no se basa en tus sentimientos o experiencia, sino en la sangre derramada del Cordero de Dios; y por tanto tu paz no depende de tus sentimientos o experiencia, sino de la misma sangre preciosa que tiene una eficacia inmutable y un valor inmutable a juicio de Dios.

   Entonces, ¿qué le queda al creyente? ¿A qué está llamado? A guardar la fiesta del pan sin levadura, apartándose de todo lo que sea contrario a la pureza santificada de su posición elevada. Es su privilegio alimentarse del Cristo precioso cuya sangre ha cancelado toda su culpa. Estando seguro de que la espada del destructor no puede tocarlo, porque cayó en cambio sobre Cristo, al creyente le queda celebrar en santo reposo al interior de la puerta marcada con sangre, bajo el refugio perfecto que el amor de Dios ha provisto en la sangre de la cruz. Que Dios el Espíritu Santo lleve todo corazón dudoso y vacilante a encontrar descanso en el testimonio divino contenido en esas palabras: “veré la sangre y pasaré de vosotros” (Éxodo 12:13).

Antes de ver la sangre,
mi alma temía el infierno;
y tan oscuro y lúgubre,
aparecía el futuro a mis ojos,
mi conciencia de pecado hablaba,
y angustia en mi interior causaba.

Pero cuando vi la sangre,
y miré al que la derramó,
de repente la paz pude ver,
y con emoción la contemplé;
cerca de Dios fui llevado,
y ‘Victoria’ era mi canto.

Mi gozo estaba en la sangre,
y la noticia que me anunciaba,
que ahora mi Padre podía mirarme,
como al Cordero de Dios sin mancha,
y me gloriaba en el nombre de Aquel,
de quien esta gran salvación fluye.

Y cuando, con harpas de oro,
alrededor del trono de Dios,
los santos vestidos de blanco,
entonen sus cantos de gozo,
con ellos alabaré esa preciosa sangre,
que ha redimido nuestras almas al Padre.

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