Boletín octubre 2018 

Nada fácil esto de contentarnos – a no ser que nos hallemos por la fe unidos con Cristo, el Salvador, el que “sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo” (Hebreos 12:3), quien “cuando le maldecían, no respondía con maldición” (1 Pedro 2:23). (Foto: Imagens Evangélicas/Flickr)

 

El mes de octubre, en los cultos los domingos en la tarde, estamos estudiando el libro de Números. Vemos cómo la nación de Israel en camino a la tierra prometida pecaba, una y otra vez, contra Dios, y Dios respondía justamente con disciplinas. ¿Cuál fue la razón de este mal comportamiento? En una palabra, el problema era el descontento. Descontento, ¿por qué? Pues, estaban descontentos por cómo los trataba Dios. Dios no hacia las cosas a favor de la nación como la nación esperaba y según les parecía mejor. Murmuraban contra Dios. “Me han tentado ya diez veces, y no han oído mi voz”, fue la acusación de Dios contra su pueblo.

¿No es el descontento la razón de todas las idolatrías? Pensamos que como Dios no actúa como queremos, que busquemos a otro. Nos imaginamos en el pensamiento a un dios diferente a cómo es Dios en realidad, y obedecemos a éste que hemos inventado. Claro, el nuevo probablemente tenga algunos rasgos del Dios verdadero (o quizás muchos), por eso luego nos parece que es el mismo. El mismo, aunque con pequeñas mejoras según nuestra lógica. Pero, a Dios no le gusta que lo modifiquemos en lo más mínimo. Él es perfecto, tal como es. Que confiemos en que todas sus maneras de tratarnos son sabias y buenas. Él es Dios.

Piense en el problema muy comentado en las noticias en estos días, el de las drogas. ¿Por qué la gente las consume? La respuesta es otra vez el descontento. No está contenta con la vida. Por más que tenga todo, la conciencia y las circunstancias no satisfacen el gusto personal. Luego, a tomar la “dosis personal”. Y, por supuesto, algunos se enriquecen de satisfacer esos gustos, y la salud y las vidas de muchos resultan en un desastre. Entre las drogas que consumen los descontentos está el alcohol. Cuatro mil muertos en un año por accidentes de tránsito debidos al exceso de alcohol. Y, para algunos está “la droga” de la comida, cuando ésta es consumida en exceso o en una dieta mal balanceada.

Señalamos otro mal mayor de la sociedad (y a veces dentro de la misma iglesia), el del divorcio. Como uno no está contento con cómo lo trata el cónyuge, o como no lo trata, luego, la pelea y la separación. Por supuesto hay porqué descontentarse con ciertos comportamientos y actitudes en el cónyuge. Pero, hay maneras de buscar corregir los mismos, o si no se logran las debidas correcciones, luego hay que someterse bajo esta dura providencia de Dios, y no separar a lo que Dios ha unido.

Claro, las peleas y las polarizaciones suceden en todos los niveles de la sociedad, no sólo en los matrimonios. ¿Por qué? Pues, es muy sencillo; es por el descontento. Por supuesto, hay que mantener la verdad y no aceptar el error. Pero, por el descontento nacido del egoísmo, los que no están de acuerdo con uno son maltratados, esto en lugar de encomendar la causa a Dios, orar, y seguir con paciencia, humildad, y mansedumbre insistiendo en la verdad.

Nada fácil esto de contentarnos – a no ser que nos hallemos por la fe unidos con Cristo, el Salvador, el que “sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo” (Hebreos 12:3), quien “cuando le maldecían, no respondía con maldición” (1 Pedro 2:23). Esto no es tolerar lo malo, sino buscar corregirlo en el Espíritu de Cristo.

Cuando sentimos el descontento no permitido, tengamos en cuenta que Dios es Dios, Señor sobre todo. Oigamos su voz (la Biblia) para tener el cuadro completo sobre cómo es la vida y el mundo según Dios, y cómo debe ser por esto nuestro comportamiento y actitud. El libro de Números; que hagamos la tarea indicada para cada semana.

 

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