Boletín agosto 2019 

Nunca sobra entender mejor en qué camino vamos y cómo es el mismo. Para el creyente en Cristo, es el camino de la santidad, pero el camino de la santidad que es según Dios. La santidad es ser de Dios, y para Dios, y como Dios quiere. Es en este camino que el cristiano vive. (Foto: Rom/Flickr)

Tratando de esta vida, la vida cristiana, a continuación, traducimos del inglés un aparte de un escrito por el autor y pastor escocés del siglo 19, Horatius Bonar, sobre este camino:

Es a una nueva vida que Dios nos llama; no es a algunos próximos pasos en la vida, no a nuevos hábitos o maneras o motivos o posibilidades – sino a una VIDA NUEVA. Para producir esta vida nueva, el eterno Hijo de Dios tomó carne, murió, fue sepultado, y resucitó.

El cristiano es la persona que ha sido “crucificado con Cristo”, ha muerto con Él, ha sido sepultado con Él, y ha ascendido con Él, y está sentado “en los lugares celestiales con Él” (Romanos 6:3-8; Gálatas 2:20; Efesios 2:5-6; Colosenses 3:1-3). Como tal, se considera muerto al pecado, pero vivo para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 6:11). Como tal no presenta sus miembros al pecado, sino que los presenta a Dios como vivo de entre los muertos, y presenta sus miembros a Dios como instrumentos de justicia (6:13). Como tal, “busca las cosas que son de arriba”, y pone la mira en las cosas de arriba, haciendo morir lo terrenal, fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos, y avaricia, que es idolatría (Colosenses 3:1-5).

Esta novedad de vida incluye todo, tanto lo que excluye como malo como lo que incluye como bueno. Se resume por el apóstol en dos cosas, “justicia y santidad”. “Despojaos”, dice, “del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y la santidad de la verdad” (Efesios 4:22-24), una justicia descansando en la verdad o que brota de ella. Así, pues, el hombre nuevo existe con el propósito de ser justo y santo adentro y afuera, ante Dios y ante la gente, en relación con la ley y con el evangelio, y esto es por medio de LA VERDAD. Porque como lo que es falso (“la mentira”, v. 25) no puede producir sino injusticia y lo que no es santo, así “la verdad” produce justicia y santidad por medio del poder del Espíritu Santo. El error hiere; la verdad sana. El error es la raíz del pecado; la verdad, de la pureza y la perfección. Es, pues, a santidad que Dios nos está llamando.

según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,” (Efesios 1:4). Santidad, que tengamos por fruto la santificación (Romanos 6:22), que nuestros corazones sean afirmados irreprensibles en santidad (1 a Tesalonicenses 3:13), que debemos andar en santa y piadosa manera de vivir (2 de Pedro 3:11), que seamos un sacerdocio santo (1 de Pedro 1:5), que somos llamados con llamamiento santo (2 a Timoteo 1:9), que seamos santos y sin mancha delante de Él (Efesios 1:4), que presentemos a Dios, no sólo nuestras almas, sino también nuestros cuerpos en sacrificio, no sólo vivos, sino también santos (Romanos 12:1), que recordemos que estos cuerpos no son solamente un sacrificio, sino también “un templo santo en el Señor” (1 a Corintios 6:19).

Nos conviene mirar si esta voluntad de Dios para su pueblo es la realidad nuestra, si estamos en “el camino”. ¡Qué tristeza sería no experimentar el gozo de ser parte del pueblo santo de Dios! Pues Dios no tiene ningún pueblo, sino solo pueblo santo (Isaías 62,12). ¡Qué triste sería equivocarnos, pensando que es suficiente con una rutina seca y monótona de religiosidad! No, lo que recibimos de Cristo, si en verdad creemos en Él, es una vida nueva en Cristo. Si no somos pueblo santo, no somos pueblo de Dios.

 

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