Boletín octubre 2017 

Fuera de esto, siendo Dios como es, soberano en todo, nada ni nadie sucede por casualidad. Nada pasa que no haya sido decretado por Dios. (Foto: Wikipedia)

 

500 años después de la reforma protestante del siglo XVI

La predestinación

 

Lo que más tenemos que agradecer a los reformadores del siglo 16 (Lutero, Calvino, Melancthon, Knox, Bucer, Zwinglio, y otros) es que llevaron al cristianismo a conocer de nuevo a Dios en toda la gloria de su ser y de su salvación. Con este conocimiento Calvino comenzó su libro principal: La Institución de la Religión Cristiana.

Pero, en seguida después, Calvino escribió sobre la situación ante Dios del hombre caído. Y, en seguida después, pasó a explicar la persona y la obra de Cristo, el Hijo de Dios. A éste envió Dios para que obrara la redención y la salvación de su pueblo. Así, hizo resaltar que la salvación es de Dios. Como Calvino era uno de los pastores en la ciudad de Ginebra, Suiza, quiso llevar a los feligreses a confiar en Dios completamente, a tener la seguridad de su salvación por razón de quién y cómo era Dios.

Es sólo en la página 723 de un total de 1200 páginas de la Institución, que Calvino presenta la doctrina de la predestinación. No es su punto de partido al explicar el evangelio de la salvación en Cristo. Es un capítulo más, en los varios con que Calvino apoyó su llamamiento a buscar la salvación solamente en el Dios trino.

La doctrina de la predestinación dice que Dios, desde antes del fundamento del mundo, escogió a quienes de entre una humanidad caída quería salvar. Él escogió así, no por razones de méritos u obras en los elegidos, sino por razones puramente de su gracia, sólo porque así quiso.

Fue después de explicar cómo es Dios, cómo es Cristo, cómo es el Espíritu Santo, cómo es la obra de las tres divinas personas, que Calvino explica la predestinación. Lo hace a la luz de cómo es Dios, y de cómo es todo ser humano: todos caídos en Adán. Calvino así iba siguiendo la Biblia. La Biblia tampoco hace mención de manera directa y frecuente de la predestinación (la elección), aunque todo el Antiguo Testamento habla del pueblo elegido, Israel. Pero, esto, sí, siendo Dios como es, y siendo el hombre como es, no es posible entender la salvación de Dios en toda su maravillosa consolación y gracia, sino teniendo en cuenta que Dios, sí, predestinó a algunos para ser salvos por medio de la fe en Cristo y su sangre.

Como todo ser humano nace muerto en sus pecados, y es en su mente enemigo de Dios, jamás alguno iba a escoger a Dios a no ser que Dios lo renovara dándole vida espiritual. Si fuera por el libre albedrío humano, jamás alguno creería.

Fuera de esto, siendo Dios como es, soberano en todo, nada ni nadie sucede por casualidad. Nada pasa que no haya sido decretado por Dios. Dios es único y supremo, y por lo tanto nada depende de ninguna voluntad fuera de la de Dios mismo; todo resulta como Dios, el Dios único, decretó.

Claro que le toca al pecador creer en Cristo para ser salvo, pero esto de creer también es don de Dios. El pecador cree porque Dios lo hace nacer de nuevo, porque Dios lo hace una criatura nueva, lo hace porque Dios le da vida. Así el pecador, tarde o temprano, necesariamente cree cuando le son anunciadas las buenas nuevas de Cristo, Salvador. No puede ser de otra manera. Pablo escribió a los creyentes de Tesalónica: …Nosotros debemos dar gracias siempre a Dios… de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación del Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria del Señor Jesucristo. (2 Tesalonicenses 2:13-14)

Vemos, pues, que el hecho de haber escogido Dios a algunos para salvación (y de no haber escogido a todos), en lugar de ser una enseñanza escandalosa, es una parte esencial de las buenas nuevas de la salvación del pecador. Cuando hablamos de Cristo con los incrédulos, la predestinación no es el tema que primero tratamos, pero muy pronto entra en el diálogo, pues por esta doctrina reconocemos la gracia de Dios plenamente desde el comienzo hasta el fin. La promesa de Dios se cumple por decisión de Dios. A Él sea la gloria, y para el creyente, la gratitud y la esperanza.

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