Boletín noviembre 2017 

Isaías quiere que conozcamos el evangelio, la buenas nuevas de Dios, pero que conozcamos primero al Dios de las buenas nuevas, Dios en toda la gloria de su ser. (Foto: Lisa/Flickr)

 

Isaías es el profeta evangélico del Antiguo Testamento. Anuncia la salvación por gracia y por la fe en Cristo. Lo presenta como el Santo de Israel, pero el Santo, Salvador (43:3), el Santo, soberano, soberano como Juez, pero soberano en cuanto a su propósito de tener para sí un pueblo santo (43:6, 21), un pueblo escogido por gracia, y si por gracia, no es por obras, porque si fuera por obras, no sería por gracia (Ro. 11:6). Dios quiere ser el Dios de su pueblo, pueblo al cual escogió, y pueblo que por lo tanto goza de tener a Dios por Dios suyo. Todo lo de Dios hace es a favor de sus escogidos; los quiere bendecir (44:1-8). Por ellos Cristo se ofreció a Dios en pago por su pueblo, todo el capítulo 53, especialmente el versículo 6, el cual habla del pueblo escogido (“nosotros”).

Isaías habla de Dios, el Dios vivo, el Creador de todo, el Formador de su pueblo. La carta a los Hebreos en el Nuevo Testamento nos advierte a no apartarnos del Dios vivo (3:12), sino a acercarnos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe (Hebreos 10:18-22). Nos aconseja a permanecer en la fe en Cristo, el mismo Salvador que Isaías anuncia, llamándolo Jehová (43:10-12, 25; 44:22-23; 45:15, 21-22; 49:26).

Isaías, pues, quiere que conozcamos el evangelio, la buenas nuevas de Dios (1 Tesalonicenses 2:1, 8, 9), pero que conozcamos primero al Dios de las buenas nuevas (43:10-15), Dios en toda la gloria de su ser, Dios soberano, ya que es Dios único, el Dios que hace lo que quiere (46:10), cuya obra, cuyo propósito, ¿Quién la estorbará? (43:13)

No, el pueblo escogido no merecía que Dios siguiera a favor de él. Fíjese en un ejemplo, 43:21-25. Dios lo creó para Él, pero, el pueblo se cansó de Él, y puso sobre Dios la carga de sus pecados. Sin embargo, sin más, el texto declara: “Yo, yo soy el que borra tus rebeliones, por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.” ¡Maravillosa gracias! ¡Volvámonos a Él! (31:4-7)

Tantas veces en medio de las tribulaciones, se nos olvida que Dios es nuestro salvador. En lugar de encontrar en Él la consolación, nos volvemos a dioses falsos, dioses que no son dioses en verdad, dioses que no ayudan en nada (44:9-10). Que aprendamos cada uno de nosotros a animarnos en el Señor mismo. Hagamos cada uno una lectura cuidadosa de la Biblia. Por ejemplo, de los capítulos del 40 al 48 de Isaías. ¡Que seamos creyentes! (7:9). Creyendo, resultamos santos para la gloria de Dios.

 

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