Toda la verdad 4

Presentamos ahora tres textos en los cuales vemos la soberana actuación libre de Dios y la actuación necesaria y libre del hombre. No hay en ninguno de los tres textos a continuación ningún intento de explicar cómo pueden ser ciertas las dos actuaciones, ambas libres, pero a la vez, la de Dios, totalmente soberana. (Foto: Lawrence OP/Flickr)

 

En la tercera parte de nuestro tema, defendimos la tesis de todos estos escritos sobre Toda la Verdad:

La Biblia enseña que Dios es soberano de manera absoluta, en todo, y siempre. Todo lo que sucede, sucede por voluntad (decreto) de Dios. A la vez, la Biblia enseña que el hombre, criatura de Dios, actúa libremente, y que recibirá según sus obras, estando bajo el deber de cumplir todo lo que Dios exige. Se hace culpable y sujeto a sanciones cuando desobedece a Dios. Debemos creer y actuar consecuentes con estas dos enseñanzas, con todo lo que la Biblia enseña en todo, porque la Biblia es la Palabra de Dios.

Presentamos ahora tres textos en los cuales vemos lo mismo que vimos en Hechos 27 (en la tercera parte), es decir, vemos en un mismo texto tanto la soberana actuación libre de Dios, como la actuación necesaria y libre del hombre. No hay en ninguno de los tres textos a continuación ningún intento de explicar cómo pueden ser ciertas las dos actuaciones, ambas libres, pero a la vez, la de Dios, totalmente soberana.

Porque yo soy el más insignificante de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana; antes bien he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí. 1 Corintios 15:9-10

Son palabras de testimonio de Pablo apóstol en cuanto a su ministerio después de ser perseguidor de la iglesia de Cristo. Atribuye el cambio a la gracia de Dios para con él. Habiendo experimentado la gracia de Dios, se esforzó mucho por servirle. Trabajó más que los otros apóstoles. Pero, y aquí es lo que quiero señalar, Pablo afirma que no fue él el que trabajó, sino la gracia de Dios en él, esto después de haber dicho que él había trabajado más que los otros. ¿Fue o no fue Pablo el que trabajó? La respuesta es que, claro que sí, Pablo trabajó, pero como todo, se debía a la gracia de Dios en él, realmente no fue él el que trabajó, sino Dios. Es decir, ambas cosas fueron ciertas. Sí, la eficacia de su obra dependía de Dios, pero más que esto, en todo sentido Pablo dependía de Dios para hacer lo que hacía; no fue él trabajando, aunque claro que fue él, y lo que hizo fue eficaz y fructífero para el avance de la causa de Cristo y su iglesia en la ciudad de Corinto. Sin Pablo, la iglesia no habría existido, pero era Dios el que recibía toda la gloria, porque la edificación de la iglesia era obra suya. No es cuestión de asignar créditos o proporciones de responsabilidades, sino de que uno haga todo lo que Dios manda que se haga y recibir el galardón al ver buenos resultados, y a la vez, abstenerse completamente de toda jactancia sabiendo que fue Dios quien obró para que la actuación, en todo sentido, y los resultados, en todo sentido, fueran lo que fueron.

Así hemos de entender la Biblia, aceptando ambas verdades, tanto la soberana y eficaz acción de Dios haciendo posible todo, como la importancia esencial de la actuación del hombre. Queremos tener Toda la Verdad, y toda la verdad en este caso es aceptar lo que acabamos de exponer. Si buscamos hacer caber el asunto dentro de la lógica humana, probablemente resultamos excluyendo a Dios en algún punto o en alguna medida, o, si no, resultamos diluyendo la importancia y la necesidad de la actuación nuestra para que la obra de Dios siga adelante. O, para decirlo de otra manera, resultamos gloriándonos en nosotros mismos, y lo hacemos asumiendo cargas y presiones como si el desenlace final de la victoria de Dios dependiera de nosotros; o, por el otro lado, resultamos sumidos en la pereza y negligencia aduciendo que al fin y al cabo, Dios obrará su voluntad, y por lo tanto no necesita de nosotros.


Y el Dios de paz, que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor, el gran Pastor de las ovejas mediante la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Hebreos 13:20-21


Una lectura de este texto al final de la carta a los Hebreos muestra otra declaración muy parecida a la de 1 Corintios 15:10. El autor de esta carta ofrece una súplica a Dios porque Éste haga aptos para obras buenas a los lectores, cristianos judíos convertidos al Mesías prometido a través de todo el Antiguo Testamento. La súplica es que Dios los haga aptos en toda buena obra, y aquí está el asunto, para que hicieran su voluntad, y, en seguida vuelve a decir lo que había dicho antes, “obrando Él en” ellos lo que era agradable delante de Él. Son ellos los que hacen la voluntad de Dios, las buenas obras, pero ellos obran, obrando Él en ellos. Él los vuelve aptos. Ellos, hechos aptos, hacen la voluntad suya. La gloria es para Dios, si bien la actuación es genuinamente de ellos. Y, para dar más peso a la realidad de que Dios es la fuente de donde la obra de los cristianos brota, es decir, la obra de Dios en ellos al obrar ellos, agrega el autor la frase explicativa, “mediante Jesucristo”. Es en relación con Él, Jesucristo, que los obreros cristianos obran. La obra no es de ellos, aunque, sí, son ellos los que obran. No es solamente para que la gloria sea para Jesucristo, sino que la gloria es para Él, porque la obra que los cristianos obraron es en realidad la obra de Cristo, siendo sin embargo verdaderamente de ellos.

Lo que acabo de escribir parece ser un enredo de palabras, pero es así para enfatizar la realidad de la doble actuación, no una actuación en la que un actor hace una parte y otro actor hace la otra parte, sino una actuación en la que los unos actúan, actuando el otro, ambas necesarias, pero sólo Dios recibe la gloria. Nada lógico aquí, y la explicación exacta de la relación entre las dos escapa a nuestro intento de entender el asunto. La cuestión otra vez es que la Biblia, la Palabra de Dios, declara ambas cosas, y debemos recibir ambas cosas, o si no, estaremos equivocados y equivocándonos respecto a la cualidad y realidad de lo que hacemos y lo que Dios hace. Es decir, la vida cristiana tendrá sus defectos y fracasos.


Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2:20

¿Cómo así, Pablo? ¿Cómo es esto de no vivir usted, pero que usted, sí vive? ¿No es esto lo que dice? Dice que está crucificado con Cristo, y que no vive, pero en seguida dice que la vida que vive la vive, siendo cierto que la vive, por fe en el Hijo de Dios. Pablo, ¿no debe optar por esto o por aquello, pero no por ambas cosas a la vez? Pues, se nos hace un poco confuso lo que escribe en este texto.
Allí está el problema. Queremos tener las cosas para que quepan dentro de la lógica nuestra. Y, cuando no caben, tenemos la tendencia de escoger por cuál de las dos nos quedamos, porque se nos hace que no podemos tener doctrina que no cuadra con la razón nuestra.

Sin embargo, la Biblia dice ambas cosas, que Pablo no vive y que sí vive. ¿Qué hacemos, pues? La respuesta es que creamos y vivamos ambas verdades. Esto es precisamente el propósito principal de estos escritos. Queremos llegar al punto de reconocer la autoridad de las Escrituras (bien interpretadas por supuesto) en todo lo que dicen. Debemos formular nuestro entendimiento del mundo y de la vida según Dios mismo, su Creador, lo explica. Si no hacemos así, tendremos (o tenemos) problemas. Viviremos deformados, deficientes, débiles en alguna medida siempre. Viviremos desequilibrados. Dios es soberano y nosotros somos responsables. Dios obra todas las cosas según el designio de su voluntad, y nosotros obramos todo lo que Dios nos manda. Somos nosotros los que lo hacemos; somos activos, obedientes, esforzados, responsables por cumplir lo que Dios manda. Pero, Dios está obrando todo, aun nuestra actuación, por su poder y según su voluntad irresistible. Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso lo ha hecho. Así dice la Biblia. Que creamos todo lo que la Biblia dice, y que pensemos y vivamos de acuerdo con eso. Manos a la obra, pero manos a la obra en la plenitud de la confianza de que nuestro trabajo en el Señor no es en vano. ¡A Él sea la gloria!

Ya que estamos mirando Gálatas 2:20, cómo debemos regocijarnos en el Señor por el evangelio. Es del evangelio del que el texto habla. “Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Recordemos que es sólo por esta actuación exitosa de Cristo a favor de pecadores, y en lugar de ellos, que una persona resulta libre de la condenación y con la alegría de poder vivir para agradar a Dios. Es por la fe en Cristo que recibe uno los beneficios que Él logró cuando murió por pecadores. Por esta fe en Cristo, uno resulta unido espiritualmente con Cristo, y en esta unión, uno por la fe en Él muere al pecado para vivir para Dios. Vive, sí, pero vive en el poder del Cristo resucitado, Cristo vive en él, y en esta nueva situación, actúa en obediencia a Dios, llevando fruto para su gloria. De esta obediencia recibe el creyente galardón, porque cada uno en el día del juicio final recibirá según sus obras. El galardón recibido será ocasión de muchísima gratitud a Dios, pues es por Dios, por Cristo, que pudo obrar, Cristo obrando en uno, Hebreos 13:21

 

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