Toda la verdad 8

Todo comenzó con la creación. Dios hizo los cielos y la tierra y todas las cosas que en ellos hay. Si perdemos de vista este hecho, si no tenemos en cuenta de quién es el mundo, de quiénes somos nosotros, toda nuestra comprensión del mundo resulta viciada. (Foto: Nasa/Flickr)

Recordemos que Dios nos hizo desde el principio, con el deber de cumplir el propósito con que Él nos hizo. Recordemos a la vez que Él nos hizo como Él quiso y con un propósito inquebrantable.

Claro, por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve no fue hecho de cosas visibles, Hebreos 11:3. La palabra de Dios es irresistible. Es la palabra de Dios dada a nosotros en las Escrituras la que buscamos entender. Como con el hecho de la creación, por la fe entendemos, hasta la medida posible para criaturas finitas. ¿Quién puede entender cómo un mundo material llegó a existir de la nada? Así, las Escrituras enseñan cosas que a veces nos parecen contradictorias; entonces por la fe las aceptamos. No cuestionamos algo que Dios dice que es la verdad; nuestra ignorancia no nos permite rechazarlas. En realidad no es la lógica nuestra, sino que es la autoridad de la voz de Dios la que nos obliga. Por supuesto, nos obliga, y para bien, porque Dios, sí, entiende el mundo que hizo y todo lo que hace para gobernarlo. El mundo tal como es, según la disposición soberana de Dios, es perfecto, armónico, y hermoso.

Toda la verdad, pues. Miremos ahora otro texto para ver en el mismo texto las dos verdades aparentemente contradictorias, como ya hemos encontrado, es decir, tanto la soberanía de Dios como el deber del hombre. Mateo 11:23ss, es el único relato en donde Jesús alaba verbalmente a Dios, y qué deja ver. No fue ni más ni menos que la determinación de Dios de no revelar a Cristo a todos. Es decir, Dios resolvió no obrar en unos “sabios y entendidos” para hacerles entender que Él era el Mesías. No sólo esto, sino que, según el texto, v 25, escondió “estas cosas” de ellos. Además, las reveló a “los niños”. Y dice abiertamente que el Dios que hizo, o no hizo, esto no es otro que su “Padre, Señor del cielo y de la tierra”. ¿Dios actuó así? Sí, señor, así determinó Dios. Bueno, seguramente los discriminados merecían esta decisión monumental, pues estos, de la ciudad de Capernaum, v 23, igual como algunos de Corazín y Betsaida, v 21, no habían querido arrepentirse de su incredulidad. Rechazaron al Mesías enviado para liberación. Por la presencia y los milagros de Jesús, eran privilegiados como pocos, eran “levantados hasta el cielo”, v 23, pero su rechazo mostraba que eran peores que los de Tiro, Sidón y Sodoma, ciudades que en otro tiempo sufrieron el tempestuoso desastre de la ira de Dios con destrucción total. Sí, los tales merecían que Dios no les abriera los ojos para recibir la verdad. Pero, pregunta uno, ¿cómo es que Dios no obró antes de este endurecimiento para evitarlo? Lo hizo más adelante con Saulo de Tarso, un ya endurecido. Lo hizo con “los niños”, v 25, pues a ellos se “las reveló”. Fue esta intervención divina que hizo posible que ellos creyeran. Lo hizo más tarde con sus propios hermanos, pues ellos no creyeron sino hasta después de su muerte. Aquí en este texto de Mateo, sí hay culpa humana, pero a la vez una determinación negativa divina también.

Como para que esta realidad fuera confirmada, en el texto, v 26, Jesús dice, hablando al Padre, “Sí, Padre, porque así te agradó”. Discriminación, sí, había, y Jesús, el Hijo de Dios no suaviza la cosa diciendo que ellos, los dejados en la oscuridad, fueron dejados sólo porque lo merecían, sino también porque así le agradó a Dios.

Hay misterios para nosotros en esto. ¿Acaso no dice la Biblia que no hay quien entienda? (Romanos 3:11). ¿No dice 1 Corintios 2:14 que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios”? Luego, ¿cómo es que algunos llegaron a creer y otros no?

Pero, mirando el texto de Mateo otra vez, v 27, Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. No es cuestión sólo del agrado del Padre, sino también del querer del Hijo. “Nadie”, a no ser que el Hijo se lo quiera revelar. ¿Podemos atribuir al compasivo Hijo de Dios que vino para dar su vida en rescate por muchos, una decisión de no revelar a todos el conocimiento salvador? ¿Nos parece duro? Sí, sin duda, y duro es. Pero, si bien el Hijo de Dios lloró sobre Jerusalén, a la vez, desistió de revelarse para que no fuera destruida. ¿Merecía la destrucción? Sin duda la merecía. ¡Semejante terquedad rebelde y desafiante! Jesús lloró, pero no actuó, siendo Dios como era, y por quien vino la gracia y la verdad, no actuó para llevar a los judíos a reconocerle Rey, no obligó a ellos a doblar la rodilla, cosa que algún día lo harán, pero ya tarde para ellos, Filipenses 2:9-10. Nadie conoce al Padre, sino aquellos a quienes el Hijo lo quiera revelar. La decisión en últimas es de Él. Él está contento con esto; así también el Padre está contento. Jesús alaba a su Padre por esta decisión. Sabe más allá de toda duda que el Padre no se equivoca en cuanto a obrar todo con perfecta sabiduría y para su propia honra. Sabe muy bien que lo importante en el mundo es que el Creador sea honrado. Sabe que en sus virtudes infinitas, ahora y al final todo va con absoluta perfección – según Él mismo define la perfección.

Quizás aun más sorprendentes son las palabras en seguida de Mateo 11:28: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. ¿Cómo invita Cristo a la gente a venir a Él, si en últimas la decisión es de Él? Sí, la decisión es de Él, pero Él dice que el deber y el privilegio son de ellos. ¿Desafía esto la lógica? Sí, lo hace, pero si aún el lector no ha venido a Cristo, hágalo, y verá que hallará el descanso prometido. No busque descifrar los misterios divinos, sino cumpla su deber como humano. Deje con Dios lo que no entienda, y haga lo que sí entiende, y, como Jesús, estará alabando a Dios eternamente porque Cristo quiso revelarse a usted.

El que oye la invitación tiene el deber. Dios salva a quien quiere salvar. Como dice Romanos 9:14-16: ¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo! Porque Él dice a Moisés: Tendré Misericordia del que yo tenga misericorda, y tendré compasión del que yo tenga compasión. Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Alabado sea Dios por su eterno e infinito amor para con todos los que le invoquen.

 

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