Sobre la parábola de la viuda y el juez. (Lc. 18:1-8)


¿y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? Lc. 18:7-8


Las viudas y los huérfanos eran las personas más vulnerables de la sociedad cuando fueron escritos los evangelios. Necesitaban de otros para ser defendidos de sus enemigos. Así como las viudas, los cristianos somos frágiles e incapaces de defendernos. Jesús dice que somos enviados como ovejas frágiles en medio de lobos, (Mt. 10:16). Necesitamos de alguien Todopoderoso que nos defienda, necesitamos de alguien que nos cuide todo el tiempo (Jn. 10:28-29; Sal. 121:4).

La parábola No dice que las ovejas, cuando llegan las aflicciones y balen (es decir, cuando oren), recibirán de su Pastor todo lo que están pidiendo, siempre. Cuando se está en aflicción por enfermedades, en algunas ocasiones sí se recibirá consuelo, en otras no (2 R. 20:1-11; 2 Co. 12:7-9). Cuando falta el dinero, siendo Dios el dueño de todo y haciendo con lo suyo su voluntad soberana, puede que nos dé, pero también puede quitarnos lo que considere, (Job 1; Heb. 11:37b). En algunos casos nuestro Pastor actúa para que nuestros enemigos no nos venzan, en otros (conforme con sus sabios propósitos), nos deja sufrir el daño o incluso nos ordena sufrir el daño (Mt. 5:40-41). Cuando se sufren agresiones físicas, en algunos casos, sin nosotros mover un dedo vemos como Él esparce a nuestros agresores, en otros Él deja que seamos maltratados y hasta muertos (Dn. 6; Heb. 11:35-37a).

Lo que dice la parábola es que necesitamos orar siempre y no desmayar. El enemigo siempre está al asecho, es fuerte, y nosotros somos simplemente ovejas, frágiles vasos de barro, por tanto, es imperiosa la necesidad de estar pidiendo sin cesar, derramando nuestro espíritu delante del que por gracia quiso ser nuestro defensor (1 Ts. 5:17; Sal. 62:8).

La parábola también dice que tenemos que pedir con fe. Este precioso don de Dios que viene por el oír las Escrituras, es esencial para que la súplica sea atendida. Este don nos lleva a tener la certeza de recibir lo que Dios promete en sus Escrituras, y nos da la convicción de creer en lo que Dios dice que existe y que es, pero que no podemos ver con los ojos. Sin ese don no sabremos pedir y no podremos agradar a Dios (Ro. 10:17; Stg. 1:5-7; Heb. 11:1,6).

Otra cosa que dice la parábola es que una señal de la inminente venida de Cristo es la ausencia de fe. No es la falta de Biblias, no es que no se estará invocando el nombre del Señor, pues vemos hoy multitudes diciendo ser cristianos, pero, ¿qué es lo que buscan al leer la Biblia e invocar al Señor? Con apariencia de piedad, usan la Biblia fuera de contexto para buscar de Dios salud, prosperidad económica, ausencia de todo tipo de problemas terrenos. Buscan lo que es temporal, lo terrenal y no lo eterno. Huyen de los siervos de Dios que les tocan su pecado, y se buscan maestros que les enseñen lo que en su carne quieren oír, pues su deseo no es morir a su impiedad, ni darle la prioridad a la santidad. Estas son señales de la ausencia de la fe que viene de Dios por medio de su santa Palabra (2 Ti. 3:1-5; 4:3-4; 2 Ts. 2:7-12).

Dios tiene mucho de qué defendernos. Externamente está el diablo, sus ángeles, y el sistema invisible de maldad llamado mundo, pero existe un enemigo que está por encima de todos los enemigos: ¡el pecado! Entonces, si vivimos clamando día y noche con fe verdadera, Dios saldrá en nuestra defensa contra el enemigo más grande: el pecado. Al defendernos del pecado nos hace justicia, porque Cristo ya lo hizo todo por nosotros. El pecado ya no se puede enseñorear de nosotros (Ro. 6:6-14).

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” Is. 26:3

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