Nadie es salvo por casualidad, ni por méritos, ni por ritos, ni con ayuda de algún ser creado. Si es salvo, lo es porque el Padre Celestial lo escogió, desde antes de la fundación del mundo. A su vez, porque el Espíritu Santo lo santificó (o separó del mundo), mediante el nuevo nacimiento. También, porque el Hijo lo purificó con su preciosa sangre, derramada en la cruz del calvario. La evidencia de ser salvo es el perfeccionamiento continuo e ininterrumpido producido por el Dios infinito, por medio de sus Escrituras. 1 P. 1:1-2; Ef. 1:4,5,11; Jn. 3:3-6; Ez. 36:25-27; 1 P. 1:18- 23; Heb. 9 y 10; Fil. 1:6; 2:13; 2 Ti. 3:16-17; Ro. 8:28-30

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